—¡Ay, señora, que ese hombre no parece, ni han quedado de él más señales que si se hubiese deshecho en aire!

Entrole en oyendo esto a doña Guiomar otra vez, y con mucho más efecto, su temor a los duendes, y se apresuró a mirar si tenía aún en su seno aquella poderosa e inestimable medalla del familiar de la Inquisición, y hallola; y temió que aquel hombre con quien había hablado, no hubiese sido otra cosa que una imaginación suya, o cosa de encantamiento y hechicería, de la cual se había librado por la virtud de la santa medalla.

Pero no pudo durar mucho en esta creencia, porque habiendo mandado a Florela fuese a registrar de nuevo el aposento, volvió con un papel en la mano, y dijo:

—Por la ventana descolgose sin duda, señora, que abierta la he hallado, y sobre la mesa este papel escrito que os traigo.

—Dame acá,—dijo ansiosa doña Guiomar.

Y vio que el papel decía lo siguiente:

«Hermosa señora de esta enamorada alma mía, y digo mal, porque debiera decir vuestra; y ni aun así digo bien, porque no puedo llamarla vuestra, si vos no queréis admitirla en vuestra alma, que es el único asiento donde puede estar sin condenarse, esta que ya no sé si en vuestra alma es mi alma, o fuera de ella fuego fatua y perdido, de acá para allá por el helado viento de la desventura arrebatado.»

Llevose la mano sobre el corazón doña Guiomar, ya acabada de perder de amores por el enrevesado comienzo del papel en que los turbados ojos ponía, y cuando estos al fin volvieron a aclararse, continuó leyendo, pálida ahora, encendida luego, y toda anhelante y turbada, lo que sigue:

«Sea de esto lo que Dios fuere servido, y lo que queráis vos, que, después de Dios, sois lo que más yo amo, si es que puede llamarse bastantemente lo que yo por vos siento amor, que yo creo que es más bien agonía y quebranto, y fuego irresistible, y gloria en un infierno, y infierno delicioso, y muerte que vale cien vidas, y vida que no se resiste, y cosa, en fin, tan no conocida de mí, que al verme a ella sujeto, yo mismo me desconozco y de mí dudo, y parece que siendo no soy, y que, no siendo, soy más que nunca he sido. Y como deciros no puedo lo que en mí es y no es, ni lo que yo soy por el efecto de vos que en mí se hace, quiero deciros, que acordándome del papel y del tintero que conmigo siempre traigo para coger al vuelo las mercedes que mi pobre musa me concede alguna vez, especialmente cuando entre las verdes alamedas del Guadalquivir la tristeza de mis pensamientos paseo, he querido escribiros por que sepáis que cuando yo vuelva a veros, más que por lo de anoche, de la justicia habréis de ampararme; y quedad con Dios, puede ser que hasta la noche, que cumplido ya mi propósito bajo vuestros miradores venga a ponerme, o si lo queréis mejor, señora mía, por la reja que a la vuelta de vuestra casa en la callejuela se halla, podéis a la media noche tener noticias del suceso de las aventuras en que por vos voy a meterme. Y no os digo más, que bien creo yo que con lo dicho me habéis comprendido, y a Dios os quedad y en mí pensad, pagándome en buena moneda el pensamiento enamorado y perdurable, que de vos en esta encendida alma vuestra me llevo.»

—¡Ay, Florela!—dijo la hermosa indiana,—que no sé qué piense, ni qué tema, ni qué espere, ni qué haga, ni qué deje de hacer. Este hombre que así se nos entró anoche, por la justicia perseguido, a ampararle obligándome, de tal manera se me ha entrado en el alma, que en él vivo y en él muero, y ansio lo que no sé a qué violento término, ni nunca vista ni oída pasión puede llevarme. ¡Ay, cielos tiranos, que habéis hecho que cuando yo ame, ame de tal manera, que sobresaltos de muerte sean los comienzos de mi amor!... Escucha, oye, atiende, Florela; mira lo que en este papel me dice, y cuán preñado está de peligros y temores; que él sabe, porque yo en mal hora se lo he dicho, el crudo enemigo que sedienta me tiene de desagravio; y yo me acongojo viendo en estas casi desembozadas razones del papel que el alma mía me ha escrito, que él se ha puesto en términos de darme cumplida venganza, si pudiere, de ese mi impío perseguidor; y sabe, Florela, que ese enemigo de mi reposo puede tanto y a tanto llega, que posible hallo que con una nueva desgracia aumente la saña que en mi desventurado corazón en contra de él, y en vano hasta ahora, se alienta. Oye, pues, Florela amiga, y dime lo que de esta carta juzgas, y ayúdame con tu ingenio, que yo estoy tan turbada, tan confusa y tan cobarde, que, como ya te he dicho, no sé qué haga, ni qué deje de hacer, ni qué espere, ni qué tema.