Leyó el papel que en tales confusiones y en tal pelea con su razón la ponía, doña Guiomar a su doncella, y esta, sonriendo a lo picaresco, empero con el gracejo de sus pocos años y de su doncellil belleza, la dijo:
—¿Pues hay más, sino que yo arremeta al rodrigón García, y le tome prestado un traje, y me pinte, y en blanca nieve convierta lo negro de mis cabellos, y de García acompañada, y de muchacha trocada en rodrigón viejo, a esas calles de Sevilla me eche, y busque, y averigüe, y con vuestro enamorado me tope, y le arme una trampa en la que caiga antes de que en el empeño, que a él pudiera costarle caro y a vos, se meta?
—¿Conocerasle tú, Florela?—dijo doña Guiomar con la voz un tanto cuanto sonando a celos.
—Cien años pasaran, y entre mil le viera, y conociérale,—respondió Florela.
—¿Pues cómo le has visto tú, o cómo te ha mirado él,—exclamó, ya con la voz y la mirada enemigas, doña Guiomar,—que así, no habiéndole visto más que por breves momentos, no puede despintársete?
—Con vuestro deseo, señora,—contestó Florela,—que a mí se ha pasado por la mucha lealtad y amor que os tengo.
—No entiendo yo ese pasamiento y trasiego del deseo de una mujer a otra, ni que por lealtad esto suceda,—dijo doña Guiomar.—Y paréceme a mí que no en sosegado y tranquilo sueño ese hidalgo ha pasado el tiempo desde que de aquí se partió, sino en plática contigo, traidora, que puede ser, y bien se me representa, que un hombre mozo de los que hoy se usan, haga una sola aventura amorosa del ama y de la doncella.
—Cosas son esas, señora,—respondió Florela,—que vuestro grande amor por ese caballero os pinta con el falaz color de los celos, que hace que parezcan ciertas cosas que ni aun en sueños verdad han sido, ni pudieran serlo; que mi alma tengo yo en mi almario, y aunque yo conozca bien cuánta es la primacía que sobre mí os han dado naturaleza y fortuna, aun todavía no he quedado yo para segundo servicio, o relieve de sobremesa, que en Dios y en mi ánima, que cada cual tiene en este mundo lo que le hace falta, a más de aquello, que nunca falta un roto para un descosido; y sosegaos, señora, y en la lealtad fiad de vuestra Florela, y vamos a lo que importa, y dejadme hacer, que Dios será servido que todo llegue a felice término.
Y con esto Florela se fue a buscar al rodrigón García para disfrazarse, y acompañada de él ir a lo que el curioso lector verá más adelante, si continuare leyendo.