VII

En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes.

Cortemos aquí el relato de la amorosa aventura de doña Guiomar y de nuestro Miguel de Cervantes, porque es conveniente, benigno lector, manifestarte varias cosas que son necesarias a la claridad del cuento.

Sábese por todo el mundo, desde ha luengos años, quién Miguel de Cervantes era, y cuál su ingenio, que a revelar y enaltecer el suyo ha bastado el libro inmortal que se intitula El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, patrimonio de gloria el más rico y excelso que ha podido ni podría soñar la ambición de renombre de poetas y escritores. Pero lo que todo el mundo no sabe, son las noticias de la vida y fortuna de nuestro héroe, que es lo que a renglón seguido va a manifestársete en la proporción de la pequeñez del trabajo que el que esto escribe tiene entre manos.

Corría por los tiempos en que pasaban los sucesos que se narran, el año de gracia de 1571, y tenía Miguel de Cervantes veinticuatro, aún no cumplidos.

Era un mozo de buena y gentil apariencia, de noble compostura, aliñado en su traje cuanto lo permitía su pobreza, vivo de genio, alegre de condición, profundo de pensamiento, inquieto en sus deseos, descontento de su suerte, y comunicador, porque así lo pedía su naturaleza avara de sensaciones.

Veíasele tratar indistintamente con altos y bajos, con pobres y ricos, con pícaros y honrados; pero nunca con necios, de los cuales, como todos los hombres de ingenio, era enemigo.

Tenía además el carácter quisquilloso, y altivo y atraviliario, y era la cosa más fácil del mundo hacerle poner mano a la espada y meterle en un empeño de monta y honra.

Dejábase llevar de los impulsos de su corazón o de su apetito, y de la misma manera enamoraba a la moza de partido, que a la buscona y a la sencilla menestrala, y a la soberbia dama, sin que ninguna de ellas lograse saciar aquella su sed de amor que su soberano ingenio había menester, y que no era menos que el imposible trasunto de un arcángel de Dios en una criatura mortal y perecedera.

El que haya leído con reflexión ese libro sin par que se llama Don Quijote, ha podido conocer cuál era la idea que del amor tenía Cervantes. Burla burlando, él manifestó a las gentes el sueño de su amor, en la locura de amor por Dulcinea de don Quijote.