Venturosos conocía a mis padres, venturosos a los que me rodeaban; hermoso era cuanto veía, la tierra, las aguas, las flores, el cielo, y yo no podía creer otra cosa sino que todo en el mundo era ventura, contento y hermosura. Llegué a mis quince años, y requiriome de amores el hijo de un rico ganadero vecino nuestro; y digo mal que me requirió, porque aunque él por mí de amores se abrasase, como después pareció, nunca, ni con sus ojos, ni con su lengua, osó decirme el cuidado en que por mí se encontraba; ni aun fue él quien a mis padres lo dijo, sino los suyos, que cuidadosos por la salud de Gaspar, que así se llamaba este mi primer enamorado, viendo que cada día estaba más melancólico y más y más se tornaba amarillo, inquirieron la causa de su dolencia, y sabiendo por él que yo lo era, a mis padres me pidieron, y dijéronmelo mis padres, y yo, que no sabía qué cosa fuese amor, ni necesidad alguna de él sentía, ni cosa encontraba en Gaspar que a él me llevase, dije a mis padres que los obedecería, sin saber a lo que me obligaba mi obediencia; y sin pensar mis padres en otra cosa que en el buen casamiento que yo haría, por lo rico que Gaspar era, mi casamiento con él concertaron, esperando que con el trato y comunicación vendría el amor, de que entonces yo no daba ni aun remota señal. Como yo era niña, tratose que el casamiento no se haría sino de allí a dos años, cuando yo cumpliese los diez y siete; y entre tanto, Gaspar, no teniendo valor, según lo que en su carta me dijo, para conllevar a mi lado una tan larga espera, fuese del pueblo a Sevilla, y de allí partió en una galeota para las Indias Occidentales. Por algún tiempo yo recibí cartas suyas, que mi madre me leía y yo no entendía, porque felizmente mi corazón dormía tranquilo sin que le despertasen amorosos cuidados; pero al año no vino de las Indias carta de Gaspar, y se esperó en vano que viniese, y tanto tiempo pasó, que se dio a Gaspar por muerto; y aconteció entonces que, pensando yo que por mí solamente se había partido a las Indias, y que yo, sin quererlo, había sido la causa de su desventura, empezó a labrarse en mí por él una primera afición y congoja; que se me representaba en sueños triste y enamorado, y tan macilento y pálido, que no parecía sino cosa del otro mundo. Desasosegueme, y acabé al fin por sentir un amor tan extraño, que yo no podía darme cuenta de lo que sentía; y acometiome una dolencia que no entendían los médicos, pero que, harto de prisa iba desmejorándome y acabándome. Pensaron mis padres que trayéndome entre el tumulto y las grandezas de la opulenta Sevilla me distraería, y a ella me trajeron, y me engalanaron, y me llevaron a saraos y a divertimientos, adonde concurría la gente más garrida y más noble de Sevilla. Gastábase en esto mi padre, llevado del entrañable amor que me tenía, la mejor parte de su hacienda; y aunque por ser yo muchacha, y no mal parecida, y en las apariencias rica, me galanteaba gran número de jóvenes y hermosos caballeros, no se me iba a mí de la memoria aquel pobre Gaspar que por mí a las Indias se había ido, y por mí sin duda había muerto; y aparecíaseme con mucha más frecuencia en sueños, y más melancólico, y a cada aparición con más semejanza de un alma en pena. Así es que los galanteos de los jóvenes señores que me buscaban enojábanme, y de tal manera mostrábame yo con ellos impía e incapaz de amores, que acabaron por llamarme la niña de diamante: yo tenía en el alma al sin ventura Gaspar, y él la llenaba de tal manera, que no quedaba para otra pasión ni aun el lugar más mínimo; yo creía que esto era amor, y bien veo que amor no es, sino una pasión que yo no puedo decir cómo fuese, sino que tal como era, me quitaba el gusto y el deseo para cualquier otro afecto.
Suspiró Margarita, y callose como tomando descanso, aunque tan al principio de su historia se encontraba. Oídola había atentamente doña Guiomar, y cuando hizo pausa en su relato, aprovechando la ocasión, la dijo:
—¿Y Gaspar decís que se llamaba ese vuestro primer enamorado, amiga mía, y que de Castilla era y de Vitigudino?
—Si que así es,—respondió Margarita.
—¿Y sabéis si, por ventura, ese Gaspar tomó bandera en Sevilla para los tercios de Méjico?
—De Méjico nos escribía,—respondió Margarita;—pero él nunca nos dijo en sus cartas hubiese entrado en la milicia; y si entró callolo, sin duda por no dar pesadumbre a sus padres.
—Un alférez he conocido yo,—dijo doña Guiomar,—que Gaspar se llamaba, y castellano y de Vitigudino era, y joven, y de no mal semblante y apostura.
—¿Llamábase por acaso Gaspar de Valcárcel, señora mía?
—Sacado hemos al fin en claro que era el mismo que yo me pensaba el sin ventura,—dijo doña Guiomar.
—Pues sin ventura le llamáis,—contestó con la voz triste Margarita, mirando con sus ojos serenos a doña Guiomar,—noticias debéis tener seguras de sus desdichas.