—Prendose el señor Gaspar de Valcárcel,—dijo doña Guiomar,—de una señora, que ni a su amorosa pasión ni a la de nadie podía corresponder honradamente, ni hacer cosa que contra su honra fuese, porque casada estaba con un oidor de aquella real chancillería.

Aguzó el oído Cervantes, porque sabía él bien que doña Guiomar era viuda de un oidor de la real chancillería de Méjico, y no dudó de que doña Guiomar era aquella por quien el alférez Gaspar de Valcárcel había olvidado en Méjico los amores que había dejado en España, y disculpole; porque aunque Margarita era bella como la flor de la qué el nombre tenía, y niña y pura, comparada con doña Guiomar, era lo que la violeta comparada con la azucena, o con el sol la luna; y díjose para sí, que a él, en el coleto del malaventurado alférez, hubiérale acontecido lo mismo; y disimuló sus imaginaciones, y continuó escuchando atento.

—Pues que vos le conocisteis, señora,—dijo Margarita,—y a la dama que sin pretenderlo y sin menoscabo de su decoro, que bien lo creo, fue causa de que de mí se olvidase, decidme os ruego cuáles fueron sus aventuras, que sin duda a un desastrado fin le llevaron.

—Combatido había como bueno contra los indios bravos,—dijo doña Guiomar,—el señor Gaspar de Valcárcel; merecido había, por tanto, que el virey le hiciese alférez, y, más aún, que le diese este empleo en los alabarderos de su guardia, con lo que Gaspar de Valcárcel vino a residir de asiento en Méjico, y a tratarse con las personas más calificadas que en aquella rica ciudad, gloria de Hernán Cortés y joya de España en las Indias, moraban. Conoció a la dama que os he dicho, y aunque ella no le diese causa ni razón alguna para que a su honra se atreviese solicitándola, que el que solicita a una mujer casada, por serlo, la desprecia, que si no la creyera capaz de una vileza, no la solicitara; solicitola, y ella, que calzaba muy altos los puntos de la honra, indignose, y por no afligir e indignar al viejo marido, que a más de ser únicamente hombre de leyes, no estaba en edad de mantener espada en la mano contra mozos, y aun mozos bravucones, no queriendo dejar sin castigo aquel de todo punto sin disculpa atrevimiento, confiose a un alguacil de los más agrios de la cámara de su esposo, hombre de puños y de alientos, y díjole:

—Cedacillo, tan leal eres a tu amo y a mí, que hacerte quiero una confianza, esperando que harás lo que te cumple, en agradecimiento a lo que a tu señor y a mi nos debes, y es que si te atreves des una apretada vuelta, como tuya, a cierto bravo mancebo, alférez de los alabarderos del virey, que se llama Gaspar de Valcárcel, y que cuando le apretares los puños, le digas: «Ahí va eso de parte de mi señora.»

Y aconteció, que a la otra mañana encontraron sin sentido en la plaza, molido y casi descoyuntado, rota la espada, rasgado el traje y entre si se va si se viene, al señor Gaspar de Valcárcel, sin que nadie supiese, ni él lo dijo, quién de tal manera ni por qué causa le había malparado.

Convaleció nuestro hombre, no sin que se temiese por su vida, y tan escarmentado quedó, que ni osó volver a poner sus ojos en aquella dama, ni a buscar a Cedacillo para tomar venganza del rapapelo que había sufrido.

—Tan al por menor estáis, señora mía,—dijo a este punto Margarita,—que no es dable que no seáis vos aquella dama, que con tanta justicia mandó castigar al ciego y enloquecido, más bien que culpable, enamorado mío. Y no le culpo, porque vuestra hermosura es tal, que bien se alcanza que de todo otro amor aparte a un hombre, y le vuelva loco.

—Yo soy en efecto,—dijo doña Guiomar,—y dígoos a lo de la disculpa que en el que fue vuestro enamorado encontráis, que no la merecía; que no una locura de amor le llevó a punto de ofenderme, sino un apetito desordenado y asqueroso; y no pasión tuvo por mí, sino empeño tenaz por el que olvidó hasta el último vislumbre de su honra; que no atreviéndose a insistir en sus solicitudes, temeroso de un nuevo y más grave castigo, tiró a vengarse, y como no tenía de qué, porque la justicia que se sufre no da ni puede dar lugar a la venganza, quiso deshonrarme propalando contra mí inauditas calumnias, que por fortuna mía acabaron donde empezaron. Y aquí, para que sepáis lo que sucedió, empieza esta historia, que es la prosecución de la que yo os he contado ya, señor Miguel de Cervantes, hasta el punto en que, engañado mi padre por la traición que a mi madre hacía su doncella Lisarda haciendo creer a don Baltasar de Peralta, como ya os dije, que con mi madre, y no con una doncella suya, tenía amores, mi padre, llamado por un su pariente, acudió a sorprender, engañado, a la que creía su esposa adúltera. Dejamos mi relato, señor Miguel de Cervantes, en el lugar en que, habiendo abierto Lisarda el postigo, entrose por él don Baltasar de Peralta, y en aquel mismo momento, y antes de que el postigo se cerrase, metiéronse por él espada en mano mi padre y su primo Francisco de Rivalta, que este era el nombre de mi difunto marido.

Y como este pariente mío llegó a ser, andando el tiempo, mi marido, lo sabréis cuando llegue la hora. Decía yo que por el postigo, aun entreabierto, entráronse empujándole, y espada en mano, mi padre y su primo Francisco de Rivalta; y como el aposento estuviese oscuro, Rivalta abrió una linterna que a prevención llevaba, y encontráronse con que, hecha una estatua a causa del espanto, estaba a poca distancia del postigo Lisarda, y junto a ella, con la espada en la mano, y mirando a aquella mala mujer, todo asombro, a don Baltasar de Peralta. Arrojose Lisarda a los pies de mi padre y confesó su delito, pidiéndole con lágrimas y desmayos la perdonase, y viese que el amor que la había cogido por don Baltasar de Peralta, al engaño la había llevado de hacerle creer, recibiéndole siempre a oscuras, que no era ella, sino su señora quien le recibía. A lo cual, ciego de furor mi padre, contestó atravesando con su espada a aquella criada traidora, y volviéndose luego a don Baltasar de Peralta, que deshonrado le había, aunque no hubiese sido sino engañándose, con él cerró, y a poco cayó mi padre sin vida, que menos diestro era que don Baltasar de Peralta y le furor le cegaba. Huyó espantado del suceso don Baltasar de Peralta, y mi pariente Francisco Rivalta salió tras él, siguiéndole sañudo y loco, y sin poder alcanzarle, que no hay quien alcance al que huye llevando el pavor en el alma. Hallose Francisco de Rivalta, cuando se perdió en las oscuras y revueltas callejuelas don Baltasar de Peralta, a mucha distancia del lugar de la tragedia, y vino sobre sí, y pensó en lo que le acontecía, y vio que si a la justicia daba parte, y por ello pruebas de haberse hallado en el lance, le prenderían, y prendiéndole le impedirían el tomar venganza y justicia, como el quería tomarla por su mano, de don Baltasar de Peralta; y fuese para su casa, entrando en ella recatadamente, como había salido con mi padre, por un postigo. Y sucedió, que cuando aquella inaudita desgracia sobrevenía, mi madre me daba a luz a esta vida desventurada, que he sufrido y sufro. Al ruido de las espadas acudieron algunos criados; pero cuando llegaron sólo hallaron los dos cuerpos sin vida de mi padre y de Lisarda, y el postigo abierto, por donde claramente, a lo que parecía, el autor o los autores de aquellas muertes habían escapado.