Sobrevino la justicia; ocultose el suceso a mi madre, que fuera impío decirla recién parida que se había quedado viuda y con aquellas apariencias; el mundo no juzga más allá de lo que se ve en la superficie, y todos echaron a la peor parte lo que había acontecido, y díjose, porque así lo creyeron, que mi padre, enamorado de la hermosura de Lisarda, secretamente se había venido de Nápoles, y con Lisarda se veía en secreto, y que tal vez algún otro enamorado, celoso de Lisarda, las dos muertes había hecho.

Callose don Francisco de Rivalta, que bien pudiera haber patentizado la verdad; pero como la honra, de mi madre quedaba a salvo, y venganza quería tomar por su mano de don Baltasar de Peralta, guardó el secreto. Buscó la justicia a los homicidas, diose por vencida no hallándolos, y mediando los ruegos y las dádivas de Francisco de Rivalta, se echó tierra sobre los muertos, y con ellos se enterró para mi madre el secreto de la muerte de su esposo, a quien en Nápoles creía. Pero no recibiendo cartas suyas en respuesta a las que le escribió anunciándole mi nacimiento, y como el tiempo pasase y carta de mi padre no viniese, puesta en un angustiosísimo cuidado, escribió al mayor de los tercios de Nápoles pidiéndole noticias de su esposo. Entretúvola aquel caritativo caballero con escusas y vaguedades, hasta que al fin la dijo, no pudiendo más defenderse, lo que él en verdad sabía, esto es, que mi padre había pedido licencia y partido para España, sin que hubiese vuelto a saberse lo que de él había sido. Y como Lisarda hubiese desaparecido también, dio mi madre en imaginar que enamorado de ella su esposo, por ella secretamente a Sevilla había venido, llevádosela, y con ella desaparecido. Callábase todavía Francisco de Rivalta, porque tenía, y con razón, por más cruel para mi madre la verdad que la duda; y asistíala, que adolecido había mi madre gravísimamente de tristeza, y agravábase y amenazaba irse por la posta, acabada por el insoportable dolor de su desventura. Desaparecido había también don Baltasar de Peralta, como gota de agua que cayó en la mar, y Francisco de Rivalta no le buscaba, porque le obligaba la asistencia a mi doliente madre, que al fin halló el remedio a su desventura en la muerte.

Detúvose al llegar aquí doña Guiomar; el corazón se la había oprimido, y las lágrimas, que en vano quiso contener, rompieron por sus hermosos ojos.

Oídola había Cervantes grave y triste, y estremecida y tomada por una melancólica pena Margarita. Desahogó con sus lágrimas el dolor de aquellos sus tristísimos recuerdos doña Guiomar, y enjugándose los ojos, continuó con voz desfallecida.

—Huérfana quedé cuando aún no contaba un año, con mucha hacienda y mucha nobleza; pero sola y sin más arrimo que aquel mi lejano pariente, que fue después el buen esposo mío. Un labrador que tenía en arrendamiento una de mis haciendas, y cuya mujer estaba criando, a su cargo tomome; y libre ya del cuidado mío, mi pariente, Francisco de Rivalta, por el mundo se fue a buscar, ardiendo en saña, al causador de tanta desdicha. Era él joven aún, graduado en letras humanas, en leyes y en sagrada teología y cánones, y como he dicho, alcalde del crimen en Sevilla. Por mí a su vara renunció, que pareciole cosa imposible atender a las graves obligaciones de su oficio y al mismo tiempo a las de padre mío, en que mi orfandad le había puesto. Atrasose en su carrera por buscar al causador de nuestras desdichas y tomar sobre él, en el nombre de mis padres, justicia y venganza; y por el mundo andúvose tres años, gastando su hacienda, inquiriendo y buscando a aquel hombre, vislumbrándole a veces, sin encontrarle nunca, y perdiéndole de nuevo cuando más esperanza tenía de ponerse a una distancia de él del largo de las espadas. Pero Dios no quería que aquel irreconciliable enemigo de mi familia fuese castigado, sin duda porque le guardaba para que le castigaseis vos, señor Miguel de Cervantes.

—Gran merced es esta que a los cielos debo, y por la que les estoy agradecido,—dijo Cervantes;—y justo es que una tan grande hermosura como la vuestra, y una tan gran suma de perfecciones como en vos se hallan, con grandes merecimientos conseguida sea y lograda; y dígoos, que mucho me pesa de que lo a que por vos obligado estoy, de tan liviano momento sea, en vez de ser comparable a los trabajos de Hércules o a los peligros de la encantada Puente Mantible, que si así fuera, mayor sería mi contento, porque exponiendo por vos cien veces mi vida, y poniéndola en cuestión con lo imposible, más estimaríais y a mayor amor por mí os llevaría, el encendido amor que os tengo.

—No creo yo que sea posible ir más allá de donde, no sé si por mi ventura o mi desdicha, reconocida; obligada y enamorada me siento; y no extrañéis que esto delante de esta doncella aquí presente os diga, que ella es mujer, y sabe, o si no lo sabe lo barrunta, los rendimientos de amor a que puede llegar una mujer enamorada, no embargante la honestidad y la honra, que prendas preciosas son estas del alma, y no pueden perderse sin que antes se pierda el temor de Dios. Y no hablemos más de esto, y con mis desventuras sigo. Desesperado ya Francisco de Rivalta, mi pariente, al ver que por cerca que hubiese tenido a don Baltasar de Peralta, nunca ponerse delante de él había logrado, volviose a su casa de Sevilla, y encomendó a la Providencia de Dios el castigo de nuestro contrario; y pasó él tiempo cuidando él mi hacienda, y yo criándome, y habiendo yo cumplido seis años y él treinta, vínose al pueblo, sacome del poder de los honrados labradores que me habían criado, y púsome en las monjas de Santa Clara, y al cuidado de dos tías, hermanas de mi padre, que allí eran señoras de piso. Vendió la hacienda que le quedaba para comprar otra vara de alcalde, y alcalde fue algunos años, y por sus merecimientos, luego, oidor en la real chancillería de Valladolid, y por último nombráronle presidente de sala de la real chancillería de Méjico. Larga era la distancia a que de mi iba a ponerse, y o renunciaba el honorífico y encumbrado oficio que se le había dado, o descuidada me dejaba, estando entre ambos los mares. Había yo cumplido ya mis diez y ocho años, y enseñádome habían las buenas madres todo lo que enseñarme podían.

Mis dos ancianas tías habían muerto la una tras la otra. A tomar el velo habíase querido inclinarme; pero Dios no me llamaba a la perfección de la vida monástica; antes bien, ansiaba yo ver lo que fuera del convento había, que aunque decían que el mundo estaba gobernado por Satanás, y que en él la perdición acechaba a las criaturas, decíame a mí la luz natural de mi entendimiento que cuando tantas gentes vivían en el mundo, no debían ser tan grandes sus peligros, dado que el mundo no se había acabado ya, y todas las cosas que contra el mundo me decían, metíanme más en apetito de conocerle.

En fin, que yo no tenía vocación para la clausura, y así lo dije a mi buen padre y pariente cuando me preguntó sobre ello. Visto por él lo cual, y que yo estaba ya crecida y hecha una mujer, y que en el monasterio estaba de ojos, luego de él sacome y llevome a una casa noblemente alhajada, en que para servirme había una respetable dueña, o más bien aya, señora viuda, de grande virtud, honestidad y entendimiento, con otras doncellas y criados; y carrozas y sillas de mano, todo como había de ser, teniendo en cuenta mi grande hacienda y la clara nobleza de mi linaje; y él, para evitar murmuraciones, fuese a otra casa, y no me veía más que al día breves momentos, y aun así, tratándome con un tal respeto y encogimiento, y de una manera tan avarienta mirándome, aunque lo disimulaba, que puesto que yo no entendía de amores, por barrunto conocí que él de mí estaba enamorado, y que por su edad y sus achaques, que le hacían parecer más viejo que lo que en realidad lo era, a declararme sus amorosos sentimientos no se atrevía; muy por el contrario, mandaba a doña Agueda me llevase a cuantos divertimientos podía yo concurrir honestamente, y en esto veía yo que él buscaba que, conociendo el mundo y tratándome con él, de algún caballero que de mí fuese digno me enamorase, para con él casarme. Pero era el caso, que aunque muchos me solicitaban, y me escribían versos, y me daban música, y por mí con otros se enemistaban y reñían, haciendo de mi calle palenque nocturno, donde más de alguno dejó entre rabiosas y celosas ansias la vida, yo no me agradaba de nadie ni quería agradarme, y no había rendimiento que me incitase ni merecimiento que me rindiese; visto lo cual por don Francisco de Rivalta, y creyendo, acaso, por el cariñoso modo de mi trato con él, que a pesar de sus años y sus dolencias yo le amaba, y que si yo no se lo mostraba, a causa era de mi recato, propúsome un día, todo tembloroso, como aquel que teme encontrar la muerte en su propio atrevimiento, si quería con él casarme.

Díjele que sí, sin saber lo que me decía, que era yo tan inocente como cuando entré en el convento; y el casamiento se hizo con gran pompa y regocijo, como a nuestra riqueza y nobleza convenía; y antes de que el festín de las bodas se terminase, díjome mi aya doña Agueda no sé cuántas cosas, que yo no pude entender; y luego, cuando acabada la fiesta se fueron saliendo de casa los convidados, la madrina me dijo otras cosas que tampoco entendí; y rodeada de las doncellas, de honor, lleváronme a lo que mi madrina llamaba el tálamo, y que yo no sabía qué cosa fuese, y metiéronme en una habitación o cámara lujosamente ornada, en la que había un gran lecho todo guarnecido de blanco, y adornado con flores, y allí me dejaron sola y suspensa, cuando a poco he aquí que entró mi esposo pálido y convulso, y alentando apenas, y a mí se vino a abrazarme; visto lo cual, yo me hice atrás tres pasos, y espanteme y extendí hacia él los brazos, como para impedir que me tocase.