—Cosa seria es, y con la cual los que se precian de hidalgos no se atreven, publicar las debilidades o las liviandades de una señora, puesto que sean ciertas; que hay cosas tales y tan infames, que aun los labios por donde se manifiestan queman; y señal de buen estómago, aparejado para todo, da el que de cosas corrompidas hace pasto, y luego le arroja por la boca en inmundicia, apestando a todo el que a su lado tiene, para lo cual se necesita ser mal nacido y villano; pero cuando no se vomitan podredumbres ajenas, sino de la propia alma de quien las arroja, quiero decir, cuando aquello con que se escandaliza al mundo es ficción traidora, villanía intencionada, puñalada dada a traición, ponzoña administrada a trasmano, como es todo lo que vos decís, alférez, de esa señora, (para hablar, de la qué debíais bañaros la boca con agua rosada, y quitaros el sombrero y arrojar de vuestra boca perlas, que no difamaciones), no es ser ya villano y mal nacido, sino infame y traidor y asesino cobarde, que por la espalda en el corazón hiere a quien debiera honrar y reverenciar; y adviértoos que a lo que digo no admito réplica; y que si no os rompo a bofetones la malvada boca que tales nunca oídas vilezas pronuncia, es por no contaminarme la mano con el veneno asqueroso que de vuestra boca mana.—A lo cual no contestó el alférez, sino que dijo a uno de sus amigos dijese a don Baltasar que tales cosas no podían decírsele a él, no ya públicamente, sino que ni aun en secreto, sin que él cortase, quemase la lengua y arrancase el corazón al que a tanto se había atrevido. Y con esto, aquella noche el alférez, con un su amigo, y don Baltasar con otro, a un lugar apartado se fueron, y allí don Baltasar, con más fortuna, o más valor, o más destreza que Valcárcel, matole, dándole a los primeros embites de la pelea una estocada tal, que el corazón partiole; y el mísero a quien su mala lengua, o más bien la desgracia de encontrarse en el mismo empeño que don Baltasar, había matado, no pudo ni aun decir ¡Dios me valga!

Contomelo al otro día uno que de todo había sido testigo, o por servirme, o tal vez por servir a don Baltasar, que quiso que yo supiese cuánto por mí había hecho, y en qué trance por mi honra se había puesto. Ya sabéis, pues, doña Margarita, a qué mal fin llegó, por sus malos pasos, aquel vuestro amante, y desde ahora, si queréis, podéis continuar vuestra historia, que yo no interrumpí sino para deciros lo que del alférez Valcárcel había sido.

—Ignoraba yo,—dijo Margarita,—que tal fuese el hombre con quien mis padres mi casamiento trataron, y al que no sé si amé; porque ahora conozco que el amor es muy distinto de lo que yo había creído. Y como al decir estas palabras, por más que quisiese disimularlo, se la fuesen los dulces ojos a Margarita hacia Cervantes, mucho tuvo que hacer doña Guiomar para no dar indicios de la enemistad y aun del odio que en aquel mismo punto nació en ella contra Margarita.

Disimuló, no obstante, y dijo:

—Pues que del relato de vuestra historia estamos pendientes, seguidla, que ya veis con cuánta atención y buen deseo os escuchamos.

—No ha de ser sin que vos acabéis vuestro relato,—señora,—dijo Margarita, que lo que del mío queda, aunque sea bien doloroso, es harto breve.

—Pues no falta gran cosa a mi historia,—dijo doña Guiomar,—y sigo en ella por complaceros y porque se acabe la porfía. Y habéis de saber que matando don Baltasar a aquel villano difamador de mi honra, no me favoreció por esto, sino que a peor punto llevó mi fama; que todos dijeron, no que yo era una dama honesta, sino que don Baltasar había cegado de amores por mí, propuéstose había casarse conmigo, y pretendido atajar una maledicencia, que cuando él fuese mi esposo había de alcanzarle; y si antes era el difunto Valcárcel el solo que contra mí vomitaba maledicencias, una vez él muerto, avivado el incendio de la calumnia por el móvil de la envidia, dieron en decir de mí tales cosas a propósito de las músicas y de las rondaduras con que don Baltasar me afligía, que ya abandonada en Méjico de todos, que de mí huían como si hubiese estado apestada, me propuse escapar de aquel no merecido infierno en que me encontraba; y vendidos los cuantiosos bienes de mi marido, que montaron a muchos cuentos de escudos, amen del oro y plata labrada que en nuestra casa había, embarqueme para España y llegue a Sevilla, donde en manos de genoveses puse mi dinero a ganancia, y en la casa de la Contratación las barras de oro y plata que de las Indias truje, y al mesón de la Cabeza del Rey don Pedro acogime, en tanto que casa hallaba en donde morar con la decencia que a mi linaje y a la memoria de mi marido correspondía; y no siempre en el mesón de la Cabeza del Rey don Pedro he estado, que largas temporadas he pasado en una granja que de mis padres era; y así se han pasado bien dos años, y hubiérame quedado en la granja con mi viudez y mi desgano del mundo, lejos del ruido de la populosa Sevilla, a no ser porgue, descubierto mi retiro por el eterno enemigo de mi familia y mío, de tales asechanzas me vi rodeada, que de vivir en despoblado tuve miedo; que aunque mis criados eran muchos y valientes, y fieles, capaz hubiera sido don Baltasar de juntar un ejército de salteadores, y combatir la granja y robarme, cosa que en Sevilla no es fácil, donde hay tanta gente de guerra y de justicia, y toda al servicio del rey, para seguridad de sus buenos vasallos. Víneme, pues, otra vez al mesón de la Cabeza del Rey don Pedro, y sin dejarlo de la mano, casa mandé buscar, y hallaron esta, y visítela y agradome y comprela, y reparada y alhajada que fue, a ella víneme, harto ajena de creer que duende en la casa había, y que por ello la Inquisición había de visitarme, y aparecérseme duende que me perturbara y me pusiera en ocasión en que yo hasta ahora no me he visto, ni pensado verme; y si no fuera por esta bendita medalla que me dejó el familiar que a verme vino, ni aun a pensar me atrevo en lo que de mí hubiera podido ser.

Y como al acabar su relato doña Guiomar sacara del hermosísimo seno la medalla que la noche anterior la había dado el señor Ginés de Sepúlveda, sintió Cervantes un no sé qué de desabrimiento y de celosa rabia, que hubo menester un gran esfuerzo para que de ello al semblante no le salieran los indicios; que antojósele (antojo ocioso y aun calumnioso de enamorado) que doña Guiomar no era una tal y tan honesta dama, ya que no inmaculada doncella, como él había creído, sino que se agradaba de parecer tan rara en lo tocante a la condición en que se hallaba, como era rara en hermosura; y que tal vez todo aquello que de ella se había dicho en Méjico, y que había costado la vida al alférez Gaspar de Valcárcel, y que ella no había tenido empacho en referir, no era sino muy cierto; y que tal vez en él no buscaba marido amante, sino marido pobre y sufrido, que a trueque de sus grandes riquezas y aun de los abandonos de su hermosura, todo se lo sufriese y callase, y su reparo y el nombre de sus hijos ante el mundo fuese.

Y esto lo pensaba Miguel de Cervantes, aunque tenía el alma noble, porque no hay recelos que de una mujer se tengan sin pruebas, que villanos no den; y en este pecado dan los que bien aman, por buenos que sean, y por la misma fuerza de su amor, que a los tristes y desesperados recelos los lleva.

Inocente había sido en contar con tal lisura su historia doña Guiomar, y claras muestras había dado de no conocer el mundo; que el calumniado que de la calumnia de que es víctima habla, es uno más que a la calumnia que le sacrifica ayuda. Y esperárase a lo menos doña Guiomar a que, por ser mujer de Cervantes, este dudar no pudiera de la hasta entonces entera castidad suya, y mejor hiciera, y sobre seguro y sin peligro pudiera contarle lo qué, no habiendo llegado a aquellos términos, era ocasionado a los recelos, que como no podía menos de ser, a nuestro Miguel, que era hombre de una grande experiencia, acometieron.