Imprudente había sido doña Guiomar confiando en su inocencia, y más aún en el amor de su soldado; y si hubiera su corazón visto cuando ella sacó de su seno la medalla del señor Ginés de Sepúlveda, arrepentídose hubiera de su imprudencia; que Cervantes creyó, que si el familiar no la había preso, a causa había sido de algún inapreciable favor con que la rectitud del enviado de la Inquisición doña Guiomar había torcido; y no tuvo la medalla que de su hermosísimo seno doña Guiomar había sacado, sino como recuerdo y prenda de amor por el familiar a ella dejados. Y no había sido otra la intención de doña Guiomar que la de espantar a Margarita, a la que una vez recibida no se atrevía a echar a la calle, para que ella de su motu proprio se fuese, atemorizada al saber que la casa tenía duende, y que para defenderse del mal era necesaria una medalla de la Santa Inquisición, que ella no tenía. Celosa andaba doña Guiomar, porque poco recatado Cervantes, atraído por aquellos dos opuestos polos entre los cuales se encontraba, y aunque más cerca de doña Guiomar, no muy distante de Margarita, había mirado más de una vez a esta con encendido ahínco, y hartas señales había dado Margarita, aunque sin pensarlo, del amor que por Cervantes se había encendido en su pecho; todo lo cual había nublado y ennegrecido los inquietos espíritus de doña Guiomar, y por esto, como se ha dicho, de duendes había hablado y había sacado la medalla, para que de ella, y por su propia voluntad, se apartase aquella su negra enemiga. Y estando en esto, entró en el cenador Florela, ya repuesta en su natural y propio traje de doncella, y arrimose a doña Guiomar y quiso hablarla en secreto, pero ella le dijo:
—Dime alto lo que tuvieres que decirme, que no hay necesidad de que estos, mis buenos amigos, crean que yo tengo algo oculto, y a más que es descortesía.
—Pues, señora,—dijo Florela,—ahí está, y por vos pide, aquel señor familiar que anoche vino, y dice que de graves asuntos tiene necesidad de hablaros.
—Pues que allá voy dile,—respondió doña Guiomar.
Y como Florela se fuese, continuó:
—Cosa es la Inquisición a que no puede cerrarse la puerta ni obligar a espera. Y así vosotros, amigos míos, me perdonaréis si os dejo para ir a ver lo que la Inquisición de mí quiere.
Y doña Guiomar, levantándose con no pequeñas muestras de sobresalto, del cenador saliose llena de celosos cuidados, porque a solas dejaba con Miguel a Margarita; y más cuidosa hubiérase sentido doña Guiomar si en el alma de Cervantes pudiera haber leído; que éste creyó que doña Guiomar se encontraba en la mezquina y dura ocasión de una dama de poco más o menos, que estando al lado de un su enamorado, la visita de otro enamorado con quien tiene grandes respetos, y dejar de asistir a la cual no puede, la anuncian.
XIV
De como hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda.