Apresurose la hermosa indiana a sacarse la medalla del pecho y su cordón por la cabeza, y dándosela al familiar, le dijo:

—Tomad, que más valiera que no vinierais nunca, si tal había de costaros el haber venido y en tal cuidado había de poneros.

Y aquí cortara la visita doña Guiomar, y al señor Ginés de Sepúlveda dejara irse, por volver cuanto antes al jardín, impulsada por el ansia en que la tenía el haber dejado a solas y en lugar apartado y espeso a Miguel de Cervantes y a Margarita; que sobresaltada estaba la hermosísima viuda, y celosa y con toda el alma puesta en el jardín, antojándosela que oía ternezas y veía rendimientos que Cervantes prodigaba a Margarita.

Pero aquello de haber soltado la Inquisición tan presto al maleante rapista, y lo que el asendereado familiar había dicho de que en aquello debía de haber habido mucha mano, y lo del apercibimiento, y la reprensión, habíanla puesto muy en cuidado y en la necesidad de averiguar acerca de esto lo más que pudiese.

Así es, que habiéndose puesto de pie el señor Ginés de Sepúlveda para despedirse en el punto en que tuvo pendiente otra vez de su cuello aquella malhadada medalla, que si no la tuviera en su vida en aquellos aprietos de amor no se hallara, ni penitenciado ni castigado por el Santo Oficio se viera, díjole:

—No tan pronto, señor mío; sentaos otra vez, yo os lo ruego, que puesto que haya persona que mida el tiempo que en mi casa permaneciereis, aunque este tiempo se alargue, bien podrá creer que en la larga y severa reprensión que os mandaron me hicierais vos le empleasteis; y yo tengo que preguntaros algunas cosas, que para mí son de mucho momento, y no dejéis de decírmelas si las sabéis, aunque no sea más que por esa entrañable afición que decís tenerme.

—En esto no hablemos,—dijo desfalleciendo el familiar,—que prohibido me está, como os he dicho, de esto hablaros, ni aun pensar en ello, so pena de gravísimos castigos; pero no tratándose de esto, y siendo verdad que por la dura comisión que he traído entretener un tanto puedo el tiempo sin que a mala parte se eche, preguntadme lo que de mí saber queréis, que yo os responderé en verdad, porque yo nunca he mentido.

—Habeisme dicho,—dijo doña Guiomar, en tanto que el señor Ginés de Sepúlveda otra vez se sentaba, quedando tan encogido como antes,—que la libertad del rapista tan presto como ha sido, no ha podido ser sin que en ello haya habido mucha mano.

—Eso he dicho, señora,—contestó el familiar,—porque tengo la larga experiencia de que las cosas del Santo Oficio de la General Inquisición nunca fueron tan de prisa; pero no sabré deciros cuya sea la grande influencia que tal y tan extraña cosa he causado; y que no ha habido influjos de tal monta, que a ellos el Santo Oficio no haya podido negarse, no me lo digan a mi, que el mismo rapista en su insolencia me lo ha dado a entender, diciéndome:

»—Pues qué, familiarcillo mezquino y simplote que tú eres, ¿creías tú que yo era un gusano así tan desamparado, que podías echar mano de él a tu placer y a horro, sin que el gato te se viniera a las barbas? Anda, anda, y buena pro te haga, que por el año de mi abuela, que yo no la conocí, ni sé quién fuese, que las has de pagar a ayunos y vahídos y hasta con las setenas: pues qué, ¿soy yo ahí una nonada, y no tengo yo aldabas a que agarrarme, y tales, que no digo yo de ti, sino de la mismísima Gorgona que de mí hiciera presa me librara? Anda, anda, menguadillo, bobalicón y mentecato, y atrévete otra vez a personas que, como yo, tanto valen.»