—Hinchádole hubiera yo la cara a mogicones al tal rapista, y aun siendo mujer, si tal a decirme se atreviera,—exclamó doña Guiomar irritada;—que yo no sé para qué os ha hecho Dios hombre, señor Ginés de Sepúlveda; y cosas son estas más para vistas que para oídas, porque no viéndolas parecen imposibles.
—Atado enviome a ese barbero el Santo Tribunal, por su mandato de ir a demandarle perdón de mi culpa; y el que perdón humilde pide, al tanto se está de la reprensión que le endilguen, y no puede hacer otra cosa que sufrirla, y sufrirla con paciencia, si el acto de humildad que se le manda ha de ser provechoso para su alma.
—¿De manera,—dijo con impaciencia doña Guiomar, dando con el breve pie sobre la estera,—que vos no sabéis, ni aun sospecháis, quién sea el que su mucha mano ha interpuesto en favor del rapista, para con el Santo Oficio?
—Ignorolo, señora, y aunque averiguarlo pudiese, guardaríame bien de ello; que cuando de esa persona que yo supongo tanto caso ha hecho el Santo Tribunal de la Fe, gran persona y respetabilísima debe ser ella.
—Vaya,—dijo doña Guiomar de todo punto disgustada y mohína,—pues que de nada podéis servirme, señor Ginés de Sepúlveda, y estáis ahí inquieto y desasosegado como si asentareis sobre alfileres, idos en buen hora, y no os digo que cuando escapéis de vuestra penitencia podéis venir a visitarme como un buen amigo, porque se me antoja que mi casa ha de causaros espanto, por creerla lugar de perdición para vuestra alma.
—En ella se queda la desventurada,—exclamó poniéndose de pie y dando un hipido el señor Ginés de Sepúlveda,—y ya, señora, que veis que de vos tan mal aventurado me aparto, y tan castigado y doliente, acordaos de mí en vuestras oraciones, que puede ser que Dios os oiga, y por vuestro ruego la paz del alma me vuelva que he perdido.
Y haciendo un puchero, miró a través de sus lágrimas tan ansiosa y miserablemente a doña Guiomar, que ésta, no embargante los amargos cuidados en que estaba, sintió por él lástima.
Fuese el familiar, y doña Guiomar quedose toda confusiones, toda temores, toda celos, toda amargura. Y así, ensimismada en sus pensamientos, y la bella color trocada, y el semblante grave y apenado, estúvose inmóvil una gran pieza, hasta que de improviso alzose, y sus ojos ardieron, y hacia el jardín se volvieron, que a él daban las ventanas de la sala, como si a través de las paredes ver hubiera querido lo que en el sombroso cenador del jardín pasaba, y hacia la puerta fuese rápida; y antes de que a ella llegara, abriose la mampara y apareció Florela, la fiel doncella, toda descompuesta y airada, y tan pálida, que un viviente cadáver parecía.
—Malas noticias me traes, Florela,—dijo doña Guiomar;—en tu semblante las leo: habla, no tardes; ¿qué desdicha tan grande me sucede, que así, por la mucha lealtad que me tienes, te ha puesto?
—Echáralos yo a palos de lacayos, si señora y no criada fuese, a esos desvergonzados, ingratos y mal nacidos; y poco castigo sería, que su bajeza y su atrevimiento bien merecen la muerte.