Hallose asimismo encerradas y temblando, en el aposento de doña Guiomar, a Margarita y a Florela, que como el vulgo dice, murieron por Dios, y no salieron de decir que ellas no sabían nada, sino que cuando se armó aquel no esperado tumulto, Florela se había entrado espantada en el primer aposento que había podido, que había sido aquel en que Margarita estaba, y que de miedo no les sobreviniera algún mal, la puerta habían cerrado y permanecido allí asustadas.

La justicia tomó por el atajo; dejó una guardia de alguaciles con los muertos, y asimismo, para que la casa guardasen; envió al hospital los heridos, y a todos los otros, sin exceptuar a Margarita ni a Florela, se los llevó a la cárcel y los encerró.

Preguntó la justicia tanto, que a las pocas horas las fojas del proceso alzaban que daban espanto, según que se había plumeado; pero no sacó en limpio sino lo que Florela dijo: que señor Miguel de Cervantes Saavedra, soldado y poeta, había llevado el día antes a su señora, para que la amparase, a doña Margarita, que amparada por doña Guiomar había sido.

Declaró Margarita cómo a Cervantes había conocido cuando el entierro de su madre, y conteste estuvo con Florela.

Ninguna de las dos declararon que Cervantes hubiese permanecido en la casa; y como Cervantes no había entrado en ella sino a trasmano y secretamente, conducido por Florela, ninguno de los de la casa sabía que en ella había estado aquella noche, y nada referente a él declarar pudieron.

Por otra parte, los pícaros que habían entrado con don Baltasar de Peralta en la casa habían dado más luz, porque habían declarado que don Baltasar de Peralta los había buscado por medio del rapista Viváis-mil-años, y les había dado dinero para que le ayudasen a robar a doña Guiomar de Meneses y Alvarado, y que por la tapia del corral de la casa del rapista, que al huerto de doña Guiomar daba, habíanse entrado.

De resultas se echó el guante al señor Viváis-mil-años, que empezó por negar toda participación en el delito que la justicia perseguía.

Pero puesto en el potro, aunque aguantó como un santo dos vueltas de cordel, a la tercera el dolor le deshizo la firmeza, y cantó que no había más que pedir.

Súpose, pues, por él, que don Baltasar de Peralta había perseguido rudamente a doña Guiomar, que le desdeñaba, y la justicia tuvo que contentarse con esto, y con no encontrar en las resultas otra cosa sino que la muerte de doña Guiomar había sido a causa de don Baltasar de Peralta, si es que no había sido por su propia mano, quedándose la justicia sin saber quién había matado a don Baltasar, ni cómo y por qué había sido su muerte.

El amor de Margarita por Cervantes, y la lealtad de Florela a su señora y sus miramientos por su honra, hicieron que aquellas dos mujeres callasen de tal modo, que en el proceso no pudo aparecer el nombre de Miguel de Cervantes sino como por incidencia y libre de todo cargo, porque no se sabía sino que él había amparado a doña Margarita, y llevádola a doña Guiomar para que la amparase mejor.