No embargante esto, la justicia buscole.

Pero no le halló, ni su capitán, don Lope de Figueroa, pudo decir otra cosa sino que el soldado por quien se le preguntaba hacía tres días que por la compañía no parecía; de modo, que se temía, o que le hubiese acontecido alguna desgracia, o que hubiese abandonado su bandera, cosa que al noble don Lope de Figueroa se le hacía muy recio creer; que conocía bien a Cervantes, y le estimaba, y por honrado le tenía.

En resumen, la justicia se contentó con Viváis-mil-años y con los cuatro bravos que había pescado.

Soltó a Margarita y a Florela, y otrosí a los criados de doña Guiomar; levantó el embargo que sobre su casa había hecho; y en cuanto a la tía Zarandaja, ni aun pensó en ella, porque el señor Viváis-mil-años, que no podía mejorarse enredando con la justicia a la tía Zarandaja, porque esta, apretada por los cordeles, no cantase, y se vengase de él sacando a plaza otros primores suyos, de la tía Zarandaja no hizo mención, y ella no sufrió otro castigo que el miedo de que la justicia la echase las garras y la malparase.

Enterró Margarita a doña Guiomar con gran pompa, que su herencia había aceptado, y a ella tocaba procurarla los últimos homenajes.

Enterrado fue asimismo con gran ostentación por sus parientes don Baltasar de Peralta, y andando no mucho tiempo, en galeras se vio con un grillete, remando por el rey, con sentencia para toda su vida, el ilustre rapista Viváis-mil-años.

Y como la justicia no podía pasarse sin ahorcados, visto que asalto durante la noche, y en cuadrilla y a una casa habitada, habían dado, y muertes y heridas habían cometido, y resistencia a la justicia habían hecho los cuatro malhechores que había cogido vivos, que los heridos lo habían sido de tal manera que murieron, enforcolos por el pescuezo hasta que rindieron los espíritus vitales, con gran contentamiento del pueblo de Sevilla, que se salió a Tablada a recrearse con el espectáculo.

Dicho esto por adelantado, volvamos atrás otra vez, y digamos por qué Margarita había aceptado la herencia de aquella que bien sabía había sido su enemiga, y que, más que por caridad, por grandeza de venganza la había instituido su heredera; sin contar con que podía ser muy bien que no a ella fuese a quien heredada dejaba, sino a Cervantes, que, como debía presumir, con ella había de casarse; y como Margarita sabía harto bien cuán dura y terrible es la mano de la miseria, y cuánto por esto, como porque con el oro todo se tiene, las riquezas en el mundo se estiman, y acaso por aquellas riquezas que heredaba, con ella Cervantes se casaría, puesto que su obligación, si no su amor, fuese empeño bastante para que por esposa la tomase, la herencia aceptó; y desde el punto y hora en que hubo sepultado a doña Guiomar, a buscar se echó desalada a Cervantes por cuantos medios le fue posible, y servida por la discreta Florela, que con ella se había quedado, como si una parte de la herencia hubiese sido.

Pero por más que Florela fuese de despierto ingenio, y buscase, y pagase, y revolviese el mundo, pasaban y pasaban días, y no parecía Cervantes.

A todo esto, las galeras que en el Guadalquivir habían estado muchos días recogiendo las compañías y gente de leva que para la gran empresa contra el turco se juntaban, habían zarpado y desaparecido. Pero como en Sevilla se había quedado, presidiándola, la compañía de infantería de que era soldado Cervantes cuando la tristísima tragedia de doña Guiomar, esperaba la triste Margarita que alguna vez Cervantes remaneciese, volviendo a ponerse bajo su bandera.