Alí-Pachá, que combatía como un león irritado con trescientos genízaros, cayó al fin por una pelota de arcabuz que en la frente le hirió.

Arrojáronse sobre él los castellanos, y un soldado cortole la cabeza, y en la punta de una pica la puso, como guión sangriento y horrible señal de la victoria.

Ya gran número de navíos infieles ardían y se hundían con pavoroso estrago en las ondas.

Gran parte de la armada infiel había sido apresada, y el resto huía proa al Levante.

—¡Victoria, victoria!—sonaba por todas partes.

Ya no se oía el estruendo formidable de la artillería.

El humo se elevaba lentamente, y se disipaba en los aires.

Doscientos veinticuatro bajeles perdieron los musulmanes.

Quedaron ciento treinta en poder de los vencedores, y el resto lo tragó el mar o lo abrasó el fuego.

Veinticinco mil turcos murieron, y más de cinco mil, cautivos quedaron.