Halláronse en las galeras apresadas ciento diez y siete tiros gruesos de artillería y doscientos cincuenta menores, y se libertaron doce mil cautivos cristianos.
Pero no se obtuvo esta gran victoria sino a gran bosta; que se perdieron quince galeras, ocho mil valientes murieron: de ellos, dos mil españoles, del Papa ochocientos, y el resto de Venecia, Génova y Malta.
El Mediterráneo era libre.
Ya las doncellas cristianaste sus riberas no tenían que temer las excursiones de los piratas, ni verse vendidas en los harenes de los infieles.
Ya se podía reposar en aquellas riberas.
Los genízaros del turco no eran ya invencibles, ni, deshecha su poderosa flota, para Europa podía ser una amenaza el poder del turco.
Con razón se enorgullecía Cervantes de haberse hallado en aquella jornada memorabilísima y de las heridas gloriosas que en ella había recibido.
Volviéronse al fin las naves españolas a Nápoles y Sicilia.
Dejó la galera Marquesa en el hospital de Messina a sus heridos, y entre ellos a Miguel de Cervantes, que sanó al fin, pero quedándole mutilada la mano izquierda, por lo cual, cuando la muerte abrió para él la edad de la gloria, al par que se le llamó el príncipe de los ingenios españoles, llamósele también el Manco de Lepanto.
——FIN——