El hombre que reposaba entre los brazos de Rhadhyah era un hermoso mancebo; ceñia su frente una toca blanquísima, prendida por una garzota de piedras preciosas, y entre la cual aparecia una corona de rey; vestia una pesada loriga de combate y sobre ella se plegaba un caftan más blanco que la luz de la alborada; pero aquel caftan estaba manchado de sangre, y bajo él se veia una corva cimitarra damasquina roja hasta la empuñadura.

Aquel hombre era Mohhamed-Ben-A'bd-Allah-al-Zaquir-al-Zoghoibi (Boabdil), último rey moro de Granada.

Su semblante hermoso y tranquilo estaba pálido como el de un cadáver; una ancha herida partia su frente y sus ojos absorbian con una expresion melancólica la mirada de amor de Rhadhyah, junto á la cual reposaba sobre la alfombra.

Abu-Kalek se prosternó y unió su rostro al pavimento.

—¡Oh invencible Allah, exclamó, qué grandes é incomprensibles son tus decretos! ¿Es este aquel desdichado rey rebelado contra su padre, combatido por su pueblo y arrojado por los nazarenos de su trono? ¿Es este aquel real mancebo á quien yo ví morir y por cuya alma oro cuando el sol aparece y cuando la luna se levanta con la noche?

Boabdil se desprendió de los brazos de la hurí; sus labios descoloridos se contrajeron en una tristísima sonrisa, y su mirada diáfana se posó con una expresion de amor en Abu-Kalek.

—Levántate, muslin, exclamó, mi viejo amigo, Brazo de Dios, el más valiente de los guerreros de mi tribu, levántate y escucha.

Abu-Kalek se levantó.

—Hubo un tiempo, prosiguió Boabdil, en que morábamos en un gran pueblo; nuestro nombre llenaba la tierra y nuestros guerreros eran el terror de los infieles; la espada del muslim estaba siempre roja, y nuestras fronteras eran el cementerio de los nazarenos. Pero estaba escrito que el creyente seria desterrado; los alcaides de la tierra perdieron una á una las fuerzas y las villas del reino, y los infieles llegaron hasta nuestros muros. Mis guerreros se dividieron: mi tio asesinó á mi padre, y la maldicion de Dios cayó sobre Granada. Dia terrible fué aquel en que vimos la cruz clavada sobre nuestro alcázar, en que, desterrados, salimos por la parte del Genil con las lágrimas en los ojos y los piés descalzos. Abandonamos cobardemente nuestra ciudad y entregamos nuestros hermanos á la tiranía y las infamias del vencedor; nuestro corazon brotó llanto de sangre á los ojos que vieron por última vez la Alhambra desde el alto del Padul. La mitad de mi alma atravesó el espacio para ir á morar en ella envuelta en un suspiro, y la otra mitad quedó desesperada para amargar los últimos dias del rey vencido. Habiamos cometido un crímen, y debiamos expiarlo; habiamos manchado nuestros nombres como cobardes, y debiamos lavar nuestra infamia muriendo como mártires: mi lanza enmohecida con el abandono en Granada, se enrojeció en África; olvidé mis retretes de oro y habité la tienda de cuero del guerrero; ansiando la muerte lidié, me revolví entre millares de enemigos, y la muerte fué conmigo. ¡Allah tuvo compasion de mí! ¡Allah aceptó la expiacion de sangre que le ofrecia y me envió su paz con mi amor! ¡Me envió á Rhadhyah, la querida de mi alma, la madre de mi hijo!

Boabdil se detuvo y miró sonriendo en un éxtasis de inefable felicidad á la hurí y al niño que dormia.