—Estaba escrito, dijo Rhadhyah, con una voz más armoniosa que el murmurio de las auras al pasar entre las flores; cuatro veces el sicómoro ha entregado al viento sus marchitas hojas desde el dia en que impelida por los espíritus invisibles llegué hasta mi amado: «Ve Rhadhyah, me dijeron, busca á tu prometido; el que todo lo puede ha puesto su mano sobre tu nombre en el libro de diamante del Destino y te permite ser madre[13]. Ve, el creyente te espera.» Llegué y desperté á mi adorado que dormia: tres veces la golondrina ha visitado las tierras de Occidente desde que alienta el hijo del rey y de la hurí; y dos veces aún el sol ha recorrido su círculo de fuego desde que el alfanje enemigo abrió al alma de mi alma las puertas del Edem. El seno de la hurí ha alimentado al hijo de mi amado, pero está escrito que peregrine sobre la tierra, y su destino se cumplirá.

—¡Oh luz del cielo! repuso Abu-Kalek, deslumbrado por el resplandor que emanaba del semblante de Rhadhyah; manda, tu siervo está ante tí.

—Serás el maestro de mi hijo, exclamó Boabdil, y harás de él un príncipe perfecto, sábio, generoso y valiente; le tendrás contigo hasta que cumpla doce años, despues le abandonarás á su destino. Así está escrito. Si el príncipe cumple con los deberes de un buen muslim, la mano de Dios le protegerá y volverá trascurridos cinco años. Entonces le entregarás mi arnés, mi caballo de batalla, mi jacerina, mi alfanje y mi broquel; le harás cabalgar y volverás el caballo al Occidente; entonces darás una palmada en el cuello del bruto, y habrás terminado tu mision.

Boabdil extendió el brazo derecho hácia los genios, y dos de estos trajeron junto á él un caballo negro, encubertado con arreos de batalla; entre tanto se operaba en el rey una transformacion extraña; las manchas sangrientas de su caftan desaparecieron; la cicatriz que partia su frente se borró hasta quedar reducida á una sutilísima línea sonrosada, y sus ojos radiaron llenos de vida y de alegría; despojóse de la toca y de la corona que puso sobre el caparazon del caballo, y despues su caftan, su loriga y su alfanje. Rhadhyah se despojó del cíngulo, y al ponerlo sobre la espalda del bruto, dijo á Abu-Kalek:

—Cuando corran catorce años, lo entregarás á mi hijo. ¡Allah sea con él!

Entonces los genios y las hadas se agruparon sobre la alfombra: una neblina imperceptible se levantó en torno de ella, y lo envolvió todo; el alcázar mágico fué desapareciendo lentamente, y la niebla se condensó hasta envolver al morabhita en las más densas tinieblas; un caos pasó por su pensamiento; sintióse desfallecer, hizo un esfuerzo, y abrió los ojos en los que reflejó una claridad blanca y suave: estaba á la entrada de la gruta del Hedjaz, y la alborada pasaba volando sobre el valle.

X.

Pero este se habia trasformado; la palmera se inclinaba bajo el peso de los dátiles, la fuente brotaba de su pié, y la laguna estaba henchida de peces. Allah habia retirado de él su maldicion.

Abu-Kalek creyó que habia sido un sueño cuanto habia visto en el alcázar encantado; hizo la ablucion en la fuente, oró, cogió algunos dátiles, y se sentó á comerlos al pié de la palmera; á poco se le presentó un viejo acompañado de algunos árabes.

—¿Eres tú el morabhita Abu-Kalek el de Granada? le preguntaron.