—Sí, ¿qué quereis de mí? contestó el morabhita mirando á aquellos que le parecieron hombres y no eran otra cosa que genios.

—Sabemos, dijo el que le habia preguntado, que necesitas un alcázar.

Abu-Kalek miró estupefacto al genio y dejó de comer los dátiles.

—Sí, un alcázar y un mirab, para que more ahora y hable á Dios cuando conozca la ley, el príncipe que te han entregado.

Un débil vaguido salió de la gruta, donde al escucharlo entró presuroso el morabhita.

Su asombro fué inexplicable al ver sobre el césped, y en su cunita de aloe, el mismo niño que habia creido ver en sueños, sonriéndole y tendiendo hácia él sus bracitos.

En el fondo de la gruta, inmóvil, con el cuello erguido y la mirada centelleante, el corcel de batalla de Boabdil, mostraba sobre su espalda el cíngulo de Rhadhyah, la corona, el caftan y las armas del rey.

—¡No era sueño! exclamó Abu-Kalek en el colmo de la admiracion.

—Elige el sitio donde hemos de edificar el alcázar, exclamaron los genios que se habian agrupado á su alrededor.

Abu-Kalek se entristeció.