Entonces perseguia con ardor al leon ó la pantera, corria todo un dia como un perro por los breñales, delante del caballo del emir, y terminada la cacería, iba á ocultarse en la misma cabaña donde estamos; en el otro extremo habia un pequeño y rústico mirab, y en él, abstraido del trato del mundo, vivia un anciano morabhita.
El mirab ha desaparecido, y sólo queda la cabaña arruinada.
Un dia el emir llamó á su cazador, este se presentó, como siempre, ceñudo, taciturno, bravío.
—Quiero dar un espectáculo de caza á mis mujeres, le dijo el emir; mañana al amanecer estarás con mis cazadores en la parte oriental del lago. Haré que conduzcan allí dos de los leones más feroces que tengo, y espero que Dios nos dará un buen dia.
El árabe se inclinó segun costumbre, y partió; pero en vez de encaminarse á su albergue, se dirigió por la márgen izquierda del Bahr-el-Azrak, hasta llegar á un pequeño aduar plantado en torno de una palmera en la confluencia de aquel rio con el Nilo.
Algunos caballos pacian junto á las tiendas, y algunos feroces árabes se ocupaban en afilar las puntas de sus lanzas como preparándose á una expedicion.
Aben-Sal-Chem pasó entre ellos sin dirigirles ni una palabra, ni un ademan amistoso, y entró en una tienda colocada en el centro del aduar.
En ella, tendido sobre una estera de palma, estaba Muza Kelb-namir; su edad llegaria á treinta años; su semblante era feroz; junto á él estaban sus armas, y más allá los arneses de sus caballos; su meditacion era profunda y no reparó en Aben-Sal-Chem.
—Héme aquí, dijo el árabe. Ha llegado el dia. Mañana al amanecer cabalga con los tuyos en direccion á las montañas por la parte oriental del lago Dembea.