Embarazosa era la situacion del emir: dejar allí abandonado junto á un antro de leones á un hombre á quien ya amaba, como amaba á todos los valientes, fué un pensamiento que rechazó con indignacion. Esperar solo el inminente peligro de la vuelta del macho, era esperar una muerte segura.
Y el tiempo corria, el sol tocaba al Occidente, escuchábase ya el aullido de las fieras que volvian á sus cavernas, y los pájaros volaban á su nido.
Pero á tiempo por entre las quebraduras de las rocas resonaron roncas bocinas, y una tropa de jinetes armados de lanzas y azagayas entraron al galope de sus caballos en el valle donde habia encontrado al árabe el emir.
Eran los esclavos de este que le buscaban; el valiente cazador llevó la bocina á sus labios, la hizo sonar tres veces, y sus gentes vinieron á él.
Entre tanto el emir bajó á la plataforma; la leona habia caido sobre el árabe, que aún permanecia sin sentido: el emir le puso la mano sobre el corazon; aún latia; la hora suprema no habia llegado aún para Aben-Sal-Chem.
—¡Loado sea Dios! exclamó el emir, á tiempo que cuatro de los suyos ponian á sus piés cuatro leoncillos que habian encontrado en el antro: ¡loado sea Dios! no sólo adquiero cuatro animales de la mejor raza para mi leonera, sino que he encontrado un valiente cazador de leones.
Poco despues aquella tropa, siguiendo á su señor, entraba al galope de sus caballos en Dembea, y algo más tarde Aben-Sal-Chem, conducido en un palanquin, tornaba en sí en un lecho junto al cual estaba sentado el emir.
El árabe debia su vida á Abu-Djeouar, y sin embargo, aún despues de haber tornado á sus fuerzas, no expresó su agradecimiento á su bienhechor, que le honró con las mayores distinciones, y le hizo jefe de sus cazadores.
V.
Atribuyó el noble emir á causas extrañas la taciturnidad y el desabrimiento del árabe; jamás este tocó manjar alguno en el alcázar, ni durmió bajo su techo, ni acudió á él sino cuando el emir le llamaba para ordenarle le siguiese á la caza.