El árabe desnudó su yatagan, y se abrió camino á través de los arbustos que cortaba. Apresuró su marcha, adelantó al emir, y en la vuelta de una quebradura esperó.

Su moreno semblante se cubrió de una palidez sombría: sus ojos brillaron animados de una expresion salvaje, adelantó su cabeza en el ademan de la mayor atencion, como el tigre que espera, y una sonrisa horrible dilató sus labios. Al fin resonaron los pasos del emir, y el ruido que hacia su alfanje cortando la espesura: el árabe apretó con mano convulsiva la empuñadura de su yatagan, sus cejas se fruncieron, y sus ojos se fijaron reflexivos; sin duda un pensamiento nuevo pasó por su inteligencia, puesto que al sentir cerca ya al emir, abandonó su actitud de acecho, volvióse hácia la continuacion de la senda, abrióse paso á cuchilladas entre los espinos, y se alejó murmurando:

—Aún no es tiempo.

Y siguió trepando con ardor por el sendero cortado ya sobre la roca, estrecho y resbaladizo. Al fin llegó á una plataforma; sobre ella, á cuatro piés de altura, se alzaba la grieta á la que conducian desde allí dos escarpaduras asperísimas.

El árabe empezó á trepar por una de ellas, con el cuerpo encorvado, el oído atento y el yatagan preparado. Un poco despues el emir apareció en la plataforma y avanzó por la otra escarpadura. Con alguna ventaja el árabe llegó á la abertura de la caverna y lanzó una mirada salvaje á su oscuro fondo. Nada se veia, nada se escuchaba. Aben-Sal-Chem hubiera creido que nada existia en ella, á no ser por un olor fuerte y acre que le reveló el rastro de la leona.

El árabe invocó á Dios, y se adelantó: entonces en el fondo de la gruta brillaron dos puntos luminosos como carbunclos; agitóse una sombra informe, y un rugido atronador retembló en los aires inmenso y terrible; el emir llegaba entonces á la grieta.

—¡La leona! exclamó con grito bravío el árabe: ¡Allah-Akbark!

—¡Allah-Akbark! repitió con voz pujante el emir armando su arco en la entrada de la caverna.

Un segundo rugido, más fuerte, más amenazador que el primero, fué la señal de la acometida de la fiera. Aben-Sal-Chem la vió cargar sobre él y la recibió. El choque fué tremendo: el yatagan del árabe se abrió paso á través del pecho de la leona, que se lanzó de un salto sobre la plataforma arrastrando consigo al cazador.

Sin el emir, Aben-Sal-Chem no hubiera abierto los ojos á la luz: pero sus dias no estaban contados. La azagaya del valiente Abu-Djeouar, rasgó silbando la distancia, y se clavó vibrante en el cráneo de la leona, que dió su postrer y tremendo salto, lanzó un rugido de agonía, y cayó inerte junto al árabe, que con la violencia de la caida desde la gruta hasta la plataforma, habia perdido el sentido.