El emir miró con asombro á Aben-Sal-Chem; apenas contaba quince años; casi se sonrojó de que un niño se aventurase á una empresa que tal vez él, experto y esforzado cazador, hubiera respetado.
—¿Con que dices que están allí? repuso el emir con toda la franca alegría de un cazador que encuentra una pieza. Adelante.
Y desmontó del corcel, le ató á un espino, y dijo al árabe:
—Ve delante.
El árabe no se movió.
—¡Guia! añadió con impaciencia el emir.
—Son mios, dijo pausadamente el árabe, y quiero ir solo.
—¡Guia! repitió con imperio Abu-Djeouar levantando su azagaya sobre la cabeza de Aben-Sal-Chem.
El árabe palideció; un relámpago de cólera lució en sus ojos, y su mano buscó instintivamente la empuñadura del yatagan; pero se contuvo. Inclinó la cabeza resignado, y se dirigió en lento paso á la maleza que cubria la entrada del sendero que terminaba en la gruta de la cortadura.
El emir le seguia á alguna distancia. El árabe andaba en paso recto, seguro, marcado, sin volver atrás la cabeza, sin advertir al emir las dificultades del terreno que él vencia con suma facilidad. Al fin se internaron en los espinos; al principio la senda era, aunque escabrosa, practicable, y el sol filtraba sus rayos á través del ancho follaje; algo más adelante la maleza se estrechaba, menguaba la luz interceptada por la espesura, la senda se hacia tortuosa y tajada con frecuencia.