Aben-Sal-Chem se acercó; tenia los párpados abrasados por el sol, y sus labios secos y áridos, brotaban sangre. El emir conoció que la sed le devoraba, y le mostró una calabaza llena de agua que colgaba del arzon de su silla.
El árabe rehusó beber; el semblante del emir se nubló.
—Sólo de un enemigo se rechaza el agua, el pan y la sal. La sed te aflige y rehusas mi agua.
—No tengo sed, repuso con energía, aunque con respeto, Aben-Sal-Chem.
El emir dejó de nuevo la calabaza en su lugar, y con continente reposado dirigió de nuevo la palabra al árabe.
—¿Y estás seguro de encontrar el cubil? le dijo.
El árabe se tornó lentamente hácia la cortadura de una roca, extendió su brazo desnudo á ella, y señaló al emir la estrecha grieta de una gruta, á la cual conducia un áspero sendero perdido á trechos entre una ágria maleza de espinos.
En efecto, el emir, escuchando con alguna atencion, oyó los pequeños bramidos de los leonzuelos hambrientos.
—¿Sábes, añadió dirigiéndose al árabe, que te expones á un peligro terrible, robando los cachorros antes de haber muerto á la madre? No tienes caballo y ella te seguirá y te alcanzará.
El árabe, por toda respuesta, puso gravemente su diestra en la empuñadura de su yatagan.