Era una ardiente tarde de verano: Abu-Djeouar cabalgaba al trote de su caballo por las márgenes de Bahr-el-Azrak; llevaba un arco á la espalda, y en la mano una azagaya; el caballo trotaba con ardor; los ojos del emir escudriñaban los breñales, las malezas, las quebraduras de las rocas: de repente dió un grito de alegría; frente á él se doblegaba el follaje de un cañaveral, y sobre la seca hojarasca resonaban sordas pisadas. El emir armó su arco y asestó la azagaya al cañaveral que se abrió, pero en vez de un leon, segun habia creido el emir, que habia salido á cazar, se le presentó un mancebo.
Por un momento Abu-Djeouar, que se entregaba con facilidad á la cólera, tuvo asestada la azagaya contra el desconocido, que no era culpable de otro crímen que el de no ser leon; el mancebo y el emir se contemplaron un momento en silencio; el uno, sereno é inmóvil; el otro, ceñudo, blandiendo su terrible azagaya.
—¿Quién eres? dijo al fin con acento breve é imperioso el emir.
-Soy Aben-Sal-Chem, contestó con voz segura y respetuosa el mancebo que se inclinó.
—¿De qué país eres? insistió el emir.
—De Arabia, repuso el jóven.
—¿Qué haces aquí?
—Busco el cubil de una leona que he visto bajar esta mañana á las corrientes. Me parece que está criando y busco los cachorros.
El emir se desarmó; si no habia encontrado un leon, habia encontrado un cazador de leones.
—Acércate, dijo el emir adelantando al propio tiempo su caballo.