Un grito terrible salió de la garganta de Noemi.
—Sí, ha caido Aben-Sal-Chem; el asesino de tu padre, el verdugo de tu madre, el miserable esclavo engrandecido por el crímen.
Noemi sufria herida en su corazon: aquella historia llena de crueles revelaciones, destilaba gota á gota sobre ella toda su amargura; su frente se abrasaba; sus ojos fijos iban enrojeciéndose al par que pasaba sobre ellos un velo fúnebre. Era la pantera que arrancada de su cubil pequeñuela, dulce y mansa hasta conocer su linaje, se alzaba al cabo fiera, amenazadora, imponente en su primera embestida. Era una digna hija de Sayaradur, una digna hermana de Djeouar, que observó profundamente el primer impulso de aquella mujer, en cuya alma tras tanta pureza y tanto amor, dormian una valentía y una fiereza sin límites.
Sin duda en aquella cabaña abandonada, en las orillas de aquel lago silencioso, volaba el mal genio del crímen y de la venganza; sin duda pesaba sobre ella un terrible decreto del Altísimo. Tal vez habia algo más que humano en Noemi y Djeouar.
Entrambos posaban su mirada en la mirada del otro; entrambos sentian rodar la tormenta en sus corazones, y entrambos la contenian.
—¡Aben-Sal-Chem ha sido el enemigo de mi padre! ¡Oh! ¡no puede ser! exclamó Noemi. ¡Aquí han muerto mis hermanos! ¡Y tú lo sabes! ¿Quién eres tú?
—¿Quién soy yo? contestó lúgubremente Djeouar: tanto valdria que preguntases á esas ruinas, á ese lago, á ese cielo encapotado por las tinieblas.
—Pero tu padre...
—Murió como tu madre, Noemi; murió asesinado como ella murió de vergüenza y desesperacion. Escucha: el emir amó á la esclava y la hizo su esposa, y esta amó al emir, como aman los arcángeles á Dios; los dos eran jóvenes y hermosos. El genio de la felicidad posó sobre ellos, y á los dos años despues que unieron sus destinos tenian dos hijos; el valiente emir creyó terminadas sus pruebas sobre la tierra, y que Dios le anticipaba el Edem dándole el amor de Sayaradur. Vivia tranquilo, reposando sobre sus victorias y adormido en la límpida mirada de su esposa. Pero Eblis, el espíritu terrible á quien Dios permite el mal para poner á prueba la virtud de los hombres, arrojó un dia á un mancebo ante el paso del emir.