—¿Y quién era esa mujer? murmuró en voz casi ininteligible Noemi.
El juglar se estremeció al escuchar aquella voz tímida, pudorosa, que vibraba en su corazon llena de un poder invencible.
—Esa mujer era tu madre, contestó.
—¡Mi madre! yo nunca la conocí, repuso Noemi, cuyos ojos se humedecieron. ¿Cuántos años han sido desde que el emir conoció á la esclava?
—Treinta y dos veces el estío ha pasado desde entonces sobre el lago.
—¡Treinta y dos veces! exclamó Noemi. Yo sólo cuento doce años; antes de mí debieron venir otros.... ¿qué ha sido de mis hermanos?
—Esta es una historia triste, contestó Djeouar dominando su emocion, una historia de lágrimas para tí, y de sangre y venganza para tus hermanos. Sólo Dios sabe dónde están, añadió el juglar anteponiéndose á una pregunta de Noemi. Tal vez murieron con su padre, aquí; tal vez tu túnica cubre el sitio de la tierra sobre la cual se derramó su sangre.
Noemi palideció.
—Pero la hora de la venganza ha sonado ya. La espada de la justicia se ha levantado, y Aben-Sal-Chem ha caido.