Djeouar habia vuelto á parecer el jóven hermoso y rico; sólo habia necesitado la deformidad para la venganza; para el amor aceptaba la belleza que debia al talisman.

Al llegar junto á Noemi asió una de sus manos, que ella le abandonó temblando, y la condujo por una abertura del vallado hasta la cabaña donde ardia aún, clavada en el suelo, la antorcha.

—Siéntate, la dijo, tendiendo su alquicel sobre las ruinas.

La jóven obedeció; Djeouar se sentó á sus piés á alguna distancia; ambos permanecieron mudos: él contemplando con avidez á Noemi; esta ruborosa y trémula, fijando su mirada en el suelo musgoso de las ruinas.

Todo contribuia á hacer solemne aquella situacion; la lobreguez y el silencio de la noche; las paredes ennegrecidas, que sustentaban aún algunas maderas cubiertas de tierra y juncos, entre los cuales brotaba el jaramargo; la antorcha, irradiando una claridad oscilante, y dejando oir de tiempo en tiempo su áspero chascarar, un conjunto, en fin, sombrío y apenador, hacia presumir la gravedad del motivo que habia impulsado á Djeouar á emplazar á aquel sitio á la mujer de su amor.

—Hubo un tiempo en la tierra de Egipto, dijo el juglar rompiendo el silencio, un valiente emir; era justiciero, aunque cruel en su justicia, y habia llegado á la edad en que las pasiones se desarrollan é inflaman el corazon. Dividia su tiempo entre el pórtico de su alcázar, donde hacia justicia al pueblo, el retiro del mirab, donde elevaba á Dios su espíritu, las arenas del desierto, donde daba caza á los leones, ó las fronteras de sus vecinos, á los cuales llevaba con frecuencia la guerra á la primera provocacion: justiciero, religioso, bizarro y prudente, era respetado por su virtud y temido por su rigidez. El califa de Damasco le llamaba Seifu-l'Islam (Espada del Islam), y sus enemigos Al-Muweiyid-Billah (Favorecido de Dios). Este hombre debia haber sido feliz, y sin embargo, no habia libado más que amargura en la copa de su destino. Niño, le habian vendido sus padres; hombre, le habian hecho traicion los que creyó amigos, y harto jóven aún, á los veinte años, habia leido todas las amargas frases del libro de la experiencia escrito por el desengaño. Esclavo, habia luchado por alcanzar una libertad adquirida á fuerza de constancia; libre y soldado, habia subido paso á paso la trabajosa pendiente de la fortuna, y cuando llegó á su colmo y pudo mirar desde la altura á que lo habia elevado la justicia del califa, el abismo insondable desde donde habia surgido hasta la cumbre del favor y de los honores, su vista sondeó aquel abismo, y en su oscuro fondo halló ultrajes que vengar, lágrimas que recoger y séres que exterminar. En aquel abismo estaba su pasado, y su pasado habia dejado huellas profundas en sus recuerdos.

Entre aquellos recuerdos se alzaba un hombre. Aquel hombre, colocado por su destino sobre la huella del emir, le habia comprado á sus padres, cuando sólo contaba diez años; le habia perseguido, cuando habia logrado huir de su padre, y cuando al frente de las tropas del califa habia recorrido triunfante las fronteras enemigas, la calumnia emanada de aquel, se habia levantado siempre entre él y su próspera fortuna. Era el mal genio que seguia por do quier al emir Abu-Djeouar.

Hubo un dia en que aquellos dos hombres se encontraron llenos ambos de odio; el uno, por una larga historia de sufrimientos y desgracias; el otro, por una envidia miserable: la lucha debia ser decisiva. Abu-Djeouar, el caudillo del califa, el guerrero de fortuna, el favorecido de Dios, envistió como un leon al miserable Muza Kelb-namir (Moisés, Corazon de Tigre), que le esperó con la traicion y la rabia del tigre. El combate fué tremendo; las aguas del Nilo se tiñeron de sangre: tres soles y tres lunas brillaron tristes y sombríos sobre el campo de aquel reto singular de hombre á hombre, y dos ejércitos poderosos, de árabes el uno, de egipcios el otro, enrojecieron sus cimitarras hasta la empuñadura, y sus lanzas hasta las manos. Y el Dios grande, el Dios de las batallas, el Dios que tiende su mano vencedora sobre los justos y los valientes, arrolló las gentes del pérfido Kelb-namir, como el viento azota las endebles cañas, y las quiebra y pasa sobre ellas. Kelb-namir y su walí Aben-Sal-Chem, que entonces contaba trece años, huyeron llevando tras sí los restos de sus huestes, y Abu-Djeouar penetró triunfante en Dembea, y sobre el alminar de la gran mezquita clavó la bandera vencedora del califa.

Abu-Djeouar habia satisfecho su odio; habia exterminado á sus enemigos; habia vencido; el califa le honró con magníficos presentes, le envió su espada y le nombró emir de Egipto.

Pero el caudillo feroz, el hombre que hasta entonces sólo habia pensado en su venganza, se encontró subyugado y vencido á la vez. Entre las esclavas abandonadas por Kelb-namir en su alcázar de Dembea, habia encontrado una hechicera doncella, hija de la Persia, de ojos garzos, cabello brillante y tez blanca. Fué la única que tuvo una mirada dulce, exenta de terror ante el emir, entre aquellas mujeres que habian huido gritando á esconderse en el fondo del harem. Abu-Djeouar la tendió la mano, y Sayaradur (Schallaradurr, Arbol de Perlas), se arrojó en sus brazos.