—Juradlo, exclamó con imperio Kelb-namir.

Los árabes juraron por el profeta; y como Kelb-namir y Aben-Sal-Chem se retirasen al interior de la tienda, se dispersaron y tornaron en silencio á aguzar sus lanzas y á afilar sus yataganes.

Aben-Sal-Chem salió de la tienda y se perdió á lo largo de la márgen del rio. Una hora más tarde, diez árabes partian á toda la carrera de sus veloces caballos en distintas direcciones.

Al amanecer del dia siguiente el aduar se habia aumentado de una manera prodijiosa; las tiendas llenaban la llanura; los árabes enjaezaban sus caballos, y Kelb-namir recorria en todas direcciones el campamento, y ordenaba su hueste, cuyo número ascendia á diez mil hombres.

VI.

Cuando el sol se levantó en el horizonte, aquella tropa cabalgaba corriente arriba, por la márgen izquierda del Bahr-el-Azrak. A la hora de adohar dieron vista al lago Dembea, y escucharon el son de las bocinas de caza, y el rugido de los leones acosados por los árabes y por los perros. Kelb-namir se adelantó solo á través de las quebraduras, y desembocó en un extenso valle. Su vista de águila vió al fondo de él una tienda colocada sobre una roca, y en ella una mujer rodeada de esclavas.

Era Sayaradur.

Una tropa de esclavos etíopes defendia las avenidas, y más abajo, en el fondo del valle, el emir Abu-Djeouar seguido de Aben-Sal-Chem y sus cazadores, acababa de rendir á un formidable leon.

El rostro de Kelb-namir se nubló con una expresion de odio; contempló al emir un momento, y murmuró con voz lúgubre:

—Ha terminado tu cacería, emir; pero la mia empieza ahora.