Djeouar seguia leyendo; los cuatro séres puestos por él sobre el alquicel, dormian profundamente, y eran conducidos á través de la inmensidad con una rapidez maravillosa; Djeouar veia pasar bajo sus plantas las nubes, y á través de ellas, las montañas, los campos, los rios, los lagos y los mares. Al fin, cuando la noche empezó á enseñorearse en el espacio, el alquicel descendió sobre una ciudad musulmana, y se detuvo en el terrado de una de sus casas.
Djeouar, aunque con dificultad, leia aún en el libro misterioso; la luz de la luna llena habia seguido á la del crepúsculo; las estrellas reverberaban en los cielos, cual clavos de diamante, en una inmensa bóveda de zafiros.
La ciudad á que habia arribado el juglar, era Cairvan; desde el terrado donde se posaba, se veian las altas y estrechas calles, perdidas en una penumbra que cortaba con su luz blanca y tibia la luna, á lo léjos, sobre una altura, velado por las brumas de la noche, y perdido en una lontananza de vapores, se veia un recinto torreado. Era el alcázar del walí.
Djeouar cerró el libro; tomó el velo de Betsabé, le rasgó, vendó con él los ojos y la boca á Aben-Sal-Chem y á Noemi; ató sus brazos y pronunció un nombre:
—¡Absalon! dijo.
Nadie contestó. El juglar volvió á repetir con imperio aquel nombre.
Oyéronse entonces tardos pasos en la escalera que conducia al terrado, y un hombre cubierto con una hopalanda negra, y ceñidos sus cabellos con un gorro amarillo, apareció ante el juglar.
X.
Al llegar á este punto de aquella historia terrible, en que estaban consignados los crímenes y las desgracias de toda una generacion, el judío se detuvo de nuevo, abrió los ojos aterrado y los fijó en la sultana, que le escuchaba pálida y conmovida.
—¿Aún dura ese horrible sueño? murmuró con acento trémulo el judío. ¿Aún giran á mi alrededor los espíritus condenados, y las sombras de túnicas ensangrentadas?