—Yo soy un astrólogo, dijo á los guardas, y quiero, si tu señor lo desea, descifrar el horóscopo de la hija que acaba de nacerle.
Algun tiempo despues, Djeouar y Betsabé entraban en el retrete de Noemi, donde en una cunita de ébano dormia una niña. Aben-Sal-Chem fijaba sobre ella una mirada sombría; la recien nacida tenia toda la semejanza de la belleza de Djeouar. Noemi estaba aterrada ante el silencioso furor de su esposo.
El juglar se acercó, llevando la frente casi cubierta con los pliegues de su toca y rebozado hasta los ojos en su alquicel.
—¿Quién eres? le preguntó Aben-Sal-Chem.
—Un astrólogo árabe, contestó Djeouar.
—¿Puedes decirme el horóscopo de esta criatura?
—Hé aquí lo que ha de influir en su destino, en el de tu esposa y en el tuyo; dijo Djeouar, mostrándole el libro azul que ocultaba bajo su alquicel, y sentándose á los piés del wisir y de Noemi, junto á la cuna donde dormia la niña.
Todos guardaron silencio. Djeouar abrió el libro y empezó á leer. Nada habia en su relato que hiciese referencia al horóscopo. Lo que Djeouar relataba era la historia de los amores de un rey nazareno con una judía.
Y á pesar de esto, apenas empezada la lectura, Aben-Sal-Chem, Noemi y Betsabé, sintieron que sus miembros se enlanguidecian, que pesaban sus párpados, y menguaban sus fuerzas; un sopor, profundo como la muerte, cerró sus ojos, y dejaron caer inertes las cabezas sobre los pechos.
Djeouar, sin dejar de leer, extendió sobre el pavimento su alquicel, arrastró á él á Aben-Sal-Chem, á Noemi, á Betsabé y á la niña; sentóse junto á ellos y prosiguió su lectura. El alquicel se elevó lentamente; salió á través de la cúpula del retrete y se lanzó en el espacio dirigiéndose al Magreb.