Nurminasoh dió á luz algun tiempo despues un hijo, que tuvo por nombre Aben-al-Nurwaddallá (Hijo de la Luz y las Tinieblas). Desde el dia en que perdió su pureza entre los brazos de Eblis, la hada no pudo entrar en el quinto cielo, y desde entonces hasta ahora vuela alrededor del mundo, dejando caer sobre él su llanto y precediendo al sol. Aben-al-Nurwaddallá fué un réprobo y pocos justos ha habido en su generacion, de la cual son los únicos que restan Djeouar y su hermano Absalon.
—¿Y no te ha dicho más nuestro padre? pregunté á Djeidah.
—Sí, me dijo; añadió que sabia los sufrimientos de Djeouar, y que aunque estaba irritado contra él le concederia una hermosura, una inteligencia y una juventud eterna, si llevaba su calavera al lugar de su descanso.
—¡Oh! la llevaré, la llevaré, murmuró Djeouar; ¿dónde reposa tu padre?
—En la misma gruta á donde te condujo una balsa hace diez años.
El juglar no esperó más; sujetó la cadena de la hada á una columna, como acostumbraba todas las noches antes de entregarse al sueño, tomó el cofre donde guardaba la calavera, y salió de Dembea.
El dia siguiente á la misma hora volvió junto á Betsabé; su deformidad habia desaparecido; era otra vez el jóven hermoso, sábio y opulento; vestia el alquicel mágico del genio Zim-Zam, y bajo él traia un objeto que recató cuidadosamente de las miradas de Betsabé.
Era un gran libro escrito en pergamino, forrado con una tela de seda azul y cerrado con cordones de oro.
—Ha sonado la hora, dijo á la hada; esta es la última vez que estarémos juntos; sígueme.
Djeouar tomó la cadena de Betsabé, salió con ella del kan, y se encaminó al alcázar de Aben-Sal-Chem.