—Pues bien, hermana mia, repuse, si el espíritu de nuestro padre está despierto, pregúntale quién es Djeouar.

Djeidah me ofreció preguntárselo, partió y volvió anoche.

—Ya sé quién es, me dijo; Djeouar es una hechura de Eblis.

El juglar se estremeció.

—Sí, continuó Betsabé; un dia, hace muchos siglos, Eblis estaba triste, más triste que de costumbre; pensaba cómo haria para ser igual á Dios. «Yo, decia, soy poderoso, pero mi poder es estéril; puedo amargar los dias del hombre y hacer que en la balanza de su juicio pese más el mal que el bien; pero no puedo crear, estoy solo y necesito un sér que sufra conmigo.» Eblis, pues, evocó un hombre, pero el hombre no apareció. Entonces, dijo: «Tenderé mis alas y llegaré á las puertas del quinto cielo, donde están las hadas, y engañaré á la más pura y hermosa.» Y batió las negras alas, pasó como una saeta junto á la luna, se cernió sobre el sol y llegó á la puerta del quinto cielo. Pero los muros eran de diamante, y tan altos, que la penetrante vista del espíritu condenado no encontraba su fin. Eblis sacudió furioso las puertas de oro, y ni aun las conmovió.

—¿Quién eres, preguntó desde adentro una voz dulce como el rumor de un arroyuelo.

—Soy un arcángel que ha caido del sétimo cielo, contestó Eblis, dulcificando su ronca voz; mis alas se han quemado al pasar junto al sol, y estoy cansado. ¿Y quién eres tú?

—Yo soy Nurminasoh (Nurminash-Shoh, Luz del Alba), y estoy esperando que pase la sombra, para ir á alumbrar el mundo; contestó desde adentro la voz.

—Pues bien, sal y yo iré contigo, dijo Eblis.

Poco despues la puerta se abrió, y apareció una hada hermosísima; sus cabellos eran rubios, su frente blanca, sus ojos celestes y su boca sonrosada; llevaba una larguísima y flotante túnica sembrada de estrellas y celeste como sus ojos; su aliento era balsámico y la acompañaban los céfiros; Eblis se escondió en el pórtico, y cuando la puerta se cerró, dejando fuera á Nurminasoh, se lanzó sobre ella, como el alcon sobre la paloma, la estrechó entre sus negros y membrudos brazos, y la besó en la frente; la hada dió un grito de terror y Eblis se alejó riéndose de su dolor.