Pero entre tí y el rey se ha levantado Betsabé; Betsabé, que es la muerte; Betsabé, que es la condenacion.
—¡Oh! no, no será, exclamó Wahdah, mirando con ansiedad al judío.
—Lo que está escrito se cumplirá, murmuró Absalon, cuya voz era cada vez más débil. Si la hada condenada fascina al rey, la torre no se levantará, y tú y los tuyos caereis bajo el poder de Eblis.
—¡No será! repitió Wahdah, porque yo diré al rey la historia de esa mujer.
—Has perdido tu talisman, murmuró con acento casi imperceptible el judío; el fuego lo ha devorado, y has perdido con él el amor de Al-Hhamar.
—¿Y no hay esperanza? gritó desesperada la sultana, asiéndose de la hopalanda del judío.
—Sí, murmuró este trabajosamente, ve á la Colina Roja, baja á la sima; en ella vela el espíritu de Djeouar.
Absalon enmudeció, su cabeza cayó sobre el divan y sus ojos mates rodaron en sus órbitas. Wahdah le contempló con terror. El judío era un cadáver.