En medio del silencio que siguió á este espantoso suceso, se levantó al léjos una voz sonora, aquella voz decia:
—¡Creyentes, venid á la oracion! acercaos al Dios santo, al Dios fuerte, al Dios justo; ¡venid á la oracion!
Era el muecin de la mezquita cercana, que llamaba á los fieles desde el alminar á la oracion de adohar.
Y tras aquel clamor solitario y piadoso, se alzó otro clamor, inmenso, terrible, que partia del coso de la fiesta; oyéronse gritos, choques de armas, y sonidos de clarines y atabales; era un estruendo de batalla, pero de una batalla encarnizada á muerte.
Muy pronto aquel estruendo se extendió; abriéronse puertas y ajimeces, y desde el del retrete de la casa de Absalon vió la sultana á los guardas del palacio y del castillo de Hinznarroman, correr desnudando sus espadas en direccion á Bib-Rambla.
Y el estruendo crecia; la lucha se prolongaba; algunas saetas perdidas pasaban silbando por cima del ajimez donde está Wahdah temblorosa.
Era un contraste terrible; fuera, la muerte, ruidosa, armada, imponente; dentro, silenciosa, fria, macilenta; allá el combate; en el retrete el cadáver del judío.
Aquel retrete tan rico, tan sonoro, tan alegre antes, con sus pebeteros de oro, el canto de sus pájaros y la ténue luz de sus lámparas; aquel divan embellecido con la hermosura de Betsabé, se habian tornado en un sepulcro sombrío y en un lecho mortuorio.
Volaba allí un espíritu maldito; faltaba aire y vida: aquellas paredes mataban.
Wahdah tomó de nuevo la lámpara de oro que aún ardia, se lanzó al pasaje subterráneo, llegó á su retrete en el alcázar, abrió la puerta que algunas horas antes habia cerrado, y llamó colérica á su servidumbre.