Entre los torreones, la muralla y la torre misteriosa, existia un foso por el cual se llegaba á una puerta de hierro pequeña, capaz sólo para que pudiese penetrar un jinete en los Siete Suelos.

Sólo con inauditos esfuerzos se habia logrado abrir aquella puerta y penetrar en el primer suelo; una vez allí, oíase un ruido sordo, el vuelo contínuo de un enorme y solitario murciélago, que lanzaba gritos semejantes á los de una mujer desesperada, y al que contestaban subiendo del abismo, otros seis gritos horrorosos; uníase á esto un viento pujante que apagaba las antorchas; un ruido sordo y atronador semejante al de un torrente ó á la carrera de un millon de caballos, y además una atmósfera impregnada de miasmas fétidas trastornaba los sentidos y hacia huir de aquel lugar de muerte á el imprudente que en él se habia aventurado; y si alguno fué bastante audaz para llegar, arrostrando los horrores del primero hasta la puerta del segundo suelo, nunca volvió á parecer.

Con estos prodigios la torre se habia hecho respetable; temblaban los soldados nazarenos, al entrar de guardia en ella, y más de un escucha fué víctima de su terror al encontrarse solo en su plataforma en las altas horas de las oscuras noches de invierno.

III.

El mismo dia en que finaban quince años despues del de la conquista, á la hora en que las campanas tañian la azalá de alajá de los cristianos, un mancebo, jinete en un caballo negro, apareció entre los árboles que rodeaban la torre.

Era el príncipe Aben-al-Malek, el que en la alborada de aquel dia que finaba habia partido, sobre el caballo de su padre, obedeciendo á su destino y á la voz del anciano morabhita Abu-Kalek.

El bruto lanzado en el espacio habia salvado como tempestad la distancia, atravesando los desiertos y surcando los mares; ave, bruto y pez, habia conducido al príncipe á la torre misteriosa donde dormia encantada la hermosa hurí Fayzuly, la doncella de las trenzas negras, la querida de su corazon.

Aben-al-Malek desmontó; ató su corcel á uno de los árboles y se aproximó á la torre; la luna menguante y opaca brillaba con débil resplandor entre grupos de espesas nubes; á su escasa luz el príncipe vió los torreones almenados; el recinto circular y el oscuro foso; un soldado cristiano, con el arcabuz al hombro y la mecha encendida, velaba en los adarves.