El príncipe Juzef-Abdalah se prosternó y oró.
Djeouar se sentó de nuevo en el nicho, cerró su inútil libro azul, le puso sobre sus rodillas, apoyó en él los codos, con las manos en la cabeza, y esperó inmóvil.
La hurí Fayzuly continuó durmiendo.
El árabe maldito siguió corriendo con la velocidad del huracan en torno de Fayzuly, procurando en vano acercarse á ella.
VII.
Los siete encantos de los siete suelos.
I.
El príncipe Aben-al-Malek al entrar en la torre, habia visto, como ya se ha relatado, no la desnuda, oscura y severa galería semicircular con huecos y saeteras para las escuchas que ahora se ve en el primero y segundo suelo de la torre, que son los únicos que permanecen hoy descegados.