Pero Aben-al-Malek arrolló á la hada maldita, lanzándola de sí y haciéndola chocar contra la puerta de oro.
Y Djeidah la condenada, al tocar la puerta, se desvaneció en vapor como una gota de agua que cae sobre un hierro candente.
VI.
Y la puerta de oro abrió en silencio sus dos hojas, y apareció un sencillo y pequeño mirab[36] alumbrado por una lámpara de alabastro que pendia de su cúpula estrellada.
El libro de la Ley estaba abierto sobre el adoratorio por la santa página en que está escrita la profesion de fe inspirada por Dios á su enviado Sydi Mohhammed-ben-Abd'Allah-el Coraixi[37].
El príncipe se prosternó y oró, y la oracion le reanimó fortaleciéndole y dándole valor para continuar su prueba.
VII.
Y á través de la puerta del mirab, se veia una oscuridad densa, y entre aquella oscuridad se oia un ruido semejante al de las alas de un murciélago que estuviese clavado á una pared, y se oia una voz doliente y lánguida, pero desesperada.
—Amado mio Abu-Ishac, walí de Comares, prepárate á combatir con la virtud del príncipe Aben-al-Malek que ha vencido mis encantos; que no pase de la segunda bóveda, amado mio; libértame, condenándole, de la horrible saeta con que me ha clavado á la bóveda; padezco horriblemente; deslumbra con tus tesoros al maldito Aben-al-Malek; mira que si no le vences, quedarás sujeto á los tormentos á que él me ha sujetado; véncele y seré tuya, y te llamaré luz de mis ojos y te envolveré en mi hermosura.