Y la voz doliente y lánguida de Djeidah, continuó quejándose y excitando de una manera indolente al condenado walí de Comares Abu-Ishac.

Y el príncipe lo oia, y fortalecia su espíritu con la oracion, preparándose á una nueva prueba.

Al fin salió del mirab, recorrió de nuevo entre la oscuridad el primer suelo, y al pasar por debajo del sitio donde convertida otra vez en murciélago, estaba clavada á la bóveda por su saeta y aleteando Djeidah, oyó que esta decia con su voz amortiguada y siempre soñolienta.

—Maldito, maldito, maldito seas tú, príncipe Aben-al-Malek, que no has querido mi amor.

IX.

El príncipe buscó entre la pavorosa oscuridad, tocando el áspero muro, la entrada de la escalera que conducia á la segunda bóveda.

La encontró, bajó por ella, y en el momento, un vivísimo resplandor le deslumbró.

Tenia ante sí un inmenso tesoro de cuantas piedras preciosas de vivos destellos y trasparentes colores Dios crió, y perlas, y corales, y jarrones, y ánforas, y fuentes de plata y oro cincelados, y arneses, y armas de un valor maravilloso, y espejos bruñidos, y lámparas de gran precio, y el pavimento cubierto de monedas de oro, en las cuales se hundian los piés del príncipe, que adelantaba con trabajo, viéndose obligado á apartar de su paso objetos preciosos y pesados de un valor inmenso.

Todo resplandecia de una manera deslumbrante; la bóveda, los muros, el pavimento y todas aquellas alhajas y aquellas ánforas, y aquellos arneses, y aquellas armas, y aquellos espejos, y otro número infinito de preciosidades, estaban agrupados y armonizados, y contrastados de tal manera, que formaban cúpulas y arcos y pilastras, produciendo la perspectiva de un alcázar incomparable por lo hermoso de la forma y lo resplandeciente de la luz.