El príncipe soltó una carcajada.
—Hé ahí el destino del avaro, dijo, morir de una muerte mezquina, sofocado por su tesoro; bendito sea el nombre del grande, del poderoso, del invencible Allah.
XI.
Se oyó un fragor espantoso.
Desapareció de improviso aquel inmenso tesoro, y el príncipe se encontró envuelto en tinieblas, pisando el duro pavimento de mármol de la segunda bóveda.
Y se oia entre las tinieblas el aleteo del murciélago, y el ruido de las alhajas que el aleteo movia, y una voz desesperada y terrible que gritaba.
—¡Hermana mia Zahra, venganza! ¡Estoy sufriendo un tormento horrible! ¡Tengo atravesadas las entrañas y no puedo moverme, sujeto por una dura saeta! ¡Hermana mia Zahra, véngame, haz que peque el maldito príncipe Aben-al-Malek!
XII.
El príncipe entre tanto adelantaba entre las tinieblas, y al fin entró en un segundo mirab, más bello y más rico que el anterior.