Se prosternó y oró.
Sentía cansancio en el cuerpo y en el alma.
Tenia miedo, porque su espíritu vacilaba.
Recordaba la hermosura de Djeidah, las muelles delicias que le habian rodeado en la primera bóveda y las inmensas riquezas que habia visto en la segunda.
Oró con más fervor, salió del mirab, recorrió la oscura bóveda y empezó á descender por las escaleras de la tercera.
Empezó á sentirse débil, enfermo, miserable.
Le aquejaban el hambre, el frio, la sed.
Cuando entró en la tercera bóveda, la encontró opaca, triste, húmeda.
Quiso andar y no pudo: vaciló y cayó.
Estaba cubierto de lepra: sus ricas vestiduras se habian convertido en andrajos asquerosos.