Un negro murciélago revolaba sobre él.
La alimaña se reia.
—Hé ahí á lo que ha quedado reducido el hermoso, el jóven, el fuerte príncipe Aben-al-Malek. Dios te ha abandonado. ¿Hay alguien sobre la tierra más miserable que tú?
—Cúmplase la voluntad del Señor; contestó humildemente Aben-al-Malek; suyos somos; polvo éramos antes de que Él nos dijese «sed». Él puede reducirnos de nuevo á polvo: el Señor de la vida es tambien el Señor de la muerte: Él prospera sus criaturas, y Él las abate: cúmplase su santa voluntad.
Y la fe del príncipe le reanimó por un momento, tendió su arco, disparó, y el tercer murciélago fué clavado en la bóveda como los anteriores, por la tercera saeta del príncipe.
Se oyó un agudo alarido de mujer.
Al pié del príncipe cayeron algunas gotas de sangre.
Se levantó un vapor sutil que se condensó, y apareció Zahra, la segunda hermana de Betsabé; la hada maldita y condenada por Allah, con su grande hermosura, fijando en el príncipe sus terribles ojos negros, en que aparecia su mirada envidiosa.