El príncipe habia caido de nuevo en su postracion.
Le abrasaba la fiebre de la lepra; sentia una sed horrible, y no podia moverse.
—¿No te causa envidia, exclamó Zahra, al contemplar mi salud, mi fuerza y mi hermosura?
—La envidia es un pecado de muerte, dijo el príncipe; la envidia hace sentir el aborrecimiento contra los que gozan más que él, al desventurado á quien ha herido la mano del Señor y no tiene fe en el corazon; la envidia engendra la calumnia, la traicion y el crímen; pero Dios proteje al infeliz miserable y enfermo que, abandonado y débil, guarda su fe, y le da el tesoro y el consuelo de la resignacion: la caridad es el preservativo de la envidia: quien tiene caridad, aunque esté postrado como Job en el muladar, vive en el Señor que le presta su fortaleza.
—Mira, le dijo Zahra.
XIV.
Desapareció lo que rodeaba al príncipe, y en su lugar quedó un desierto yermo é infinito, cubierto por un celaje sombrío.
Un viento abrasador arrojaba sobre el príncipe arenas candentes, irritando las úlceras de su lepra, y causándole agudos dolores.
Pretendia arrastrarse, y parecia como que estaba adherido á la abrasada arena de aquel desierto horrible.