Sintió ruido junto á sí.
Otro leproso se arrastraba lentamente, pasaba, mientras él no podia moverse.
—Ese es menos desdichado que tú, dijo la voz de Zahra que se habia hecho invisible.
—Dios le favorezca, contestó el príncipe sin sentir el más ligero impulso de envidia.
—Mira, dijo la voz de Zahra.
Pasó un mendigo tullido que se arrastraba sobre sus manos, pero con más rapidez que el anterior leproso.
El mendigo se detuvo y miró al príncipe con una expresion de repugnante alegría.
—Hé aquí otro más desventurado que yo, dijo.
—Ayúdame, hermano, exclamó el príncipe con ánsia: vuélveme al menos; estoy sufriendo horriblemente con mi inmovilidad.