El mendigo soltó una carcajada cruel, y sin ayudar al príncipe, siguió su lenta marcha.

El príncipe lloró y oró; pero no sintió envidia contra el mendigo, ni aborrecimiento porque le habia negado su ayuda.

—Dios tenga misericordia de él, dijo, porque es duro de corazon.

XV.

Se oyeron pasos que se acercaban.

Un árabe pobre y enfermo, pero que andaba con facilidad, se detuvo junto al príncipe y le contempló con placer.

—Soy un insensato, dijo, en quejarme, cuando hay criaturas tan miserables como esta: comparado contigo, yo soy feliz.

Y el mendigo bebió de una gran calabaza que llevaba colgada de su hombro.

—Dame una poca de agua, hermano, dijo el príncipe; la sed me devora.

—¡Agua! dijo el enfermo: una gota de agua en el Desierto es más preciosa que una perla; hay que andar durante un sol y otro sol antes de llegar á un nuevo oasis y á una nueva fuente: el agua que yo te diera seria mi sed de mañana.