Y el enfermo se alejó.
—Perdónete Dios tu falta de compasion, dijo el príncipe, lleno de caridad por aquel pecador.
Se oyó el fuerte y rápido paso de un hombre, y apareció un beduino robusto, membrudo, fuerte, que se detuvo un momento á contemplar á Aben-al-Malek.
Aquel hombre comia hermosos dátiles.
—¡Ah! dijo: yo blasfemaba, yo acusaba á Dios porque no tenia un caballo, ya que no un camello, y ved este: ¡cuánto daria este por ser tan fuerte como yo!
—Socórreme hermano, suplicó el príncipe.
—¿Para qué tocarte yo? para que tu lepra me contagie y me encuentre dentro de poco tan miserable como tú, ¿te he dado yo la lepra? que te socorra Dios.
Y el beduino se alejó rápidamente.
El príncipe Aben-al-Malek, en vez de envidiar la salud y la fuerza de aquel hombre, rogó á Dios por él.