Un murciélago revolaba bajo su bóveda.
Aben-al-Malek le clavó en ella como á los otros tres murciélagos.
—¡Ah! exclamó el murciélago, lanzando un rugido; ¡miserable de tí! has vencido la molicie, la tentacion de la riqueza, el sufrimiento del dolor, de la enfermedad y de la miseria, vence si puedes la contrariedad y la injuria.
Y desde aquel momento, todos los que entraban y salian provocaban á Aben-al-Malek, y todo en vano.
Ni provocaciones, ni injurias, ni golpes, eran bastantes para que brotase de su corazon la ira.
Aben-al-Malek se encontró á salvo en el mirab de la cuarta bóveda.
Oró, y descendió á la quinta.
Se encontró entre un festin ostentoso.
Los más ricos manjares se veian humeantes en mesas rodeadas por hermosas damas y gentiles caballeros, que no se saciaban de viandas ni de licores.
Y este festin se celebraba en los magníficos jardines de un admirable alcázar.