La forma blanca era la hurí Fayzuly, resplandeciente de hermosura.

La forma negra un genio horroroso; una especie de macho cabrío humano.

Fayzuly sonreia de una manera lúbrica al genio, como una vil ramera.

Aben-al-Malek cerró los ojos para no ver, y oró con toda su alma por Fayzuly; pero no sintió envidia por la felicidad del genio.

XIX.

—¡Ah! ¡estamos condenadas sin esperanza! exclamó llorando Zahra; no saldrémos jamás de nuestro infierno de la torre de las Siete Bóvedas; el príncipe Aben-al-Malek es un varon justo, protegido por Dios. Amado mio, walí de Guadix Abul-Hassan, mi poder ha sido inútil: provócale tú.

En aquel momento el príncipe Aben-al-Malek se encontró en el tercer mirab, sano, salvo, fuerte, con sus ricas vestiduras.

Se prosternó, y levantó con su férvido agradecimiento su espíritu al Señor.

Descendió al cuarto suelo, y al pisarle, se encontró en el vestíbulo de la grande aljama de Damasco.

Tal apariencia habia tomado la cuarta bóveda por la fuerza de su encanto.