Elegantes poetas leian uno tras otro cásidas de aduladores versos, en las cuales se ponderaban el valor, las excelencias, las virtudes, los triunfos del vencedor y ensalzado sultan Aben-al-Malek.

Reyes vencidos se prosternaban á sus piés.

Otros reyes, temerosos de su poder, le enviaban riquísimos presentes y hermosísimas esclavas.

Un murciélago revolaba medroso y cuanto más alto podia, y se replegaba chillando en los huecos más profundos de la cúpula, y temeroso de ser herido allí, se lanzaba á otro ángulo.

Aben-al-Malek, insensible á la soberbia, como lo habia sido á los otros vicios, tendió su arco y disparó sobre el murciélago, que lanzó un alarido espantoso.

Inmediatamente desapareció todo aquello, y Aben-al-Malek se encontró en el sexto mirab.

Oró como en los anteriores y bajó al sétimo piso.

Estaba densamente oscuro.

Nada se sentia en él.

Parecia completamente abandonado.