—¿Quereis venir conmigo á castigar á esos miserables? preguntó el príncipe mirando fijamente á los tres africanos.

No habia medio de negarse, á pesar de que una inquietud mortal hacia temblar sus corazones.

—¿Y dónde hemos de ir, luz del cielo? preguntó dominándose Abu-Yshac.

—A la plaza de Bib-Al-bolut, contestó el príncipe; á la casa del judío Absalon. Quiero que me acompañeis, porque he encontrado un caballo en su soportal, y me pesaria escapase el dueño que sin duda está dentro.

—¿Este es un negocio de amor? dijo Abu-Abdalá; ¡por Mahoma! si te has enamorado de Betsabé, huye de ella como huirias de Satanás, príncipe mio.

—¿Y cómo huirias tú de ella, mi prudente walí? repuso con punzante ironía Juzef.

La sangre subió á las mejillas del walí; y su mano oculta entre los pliegues del alquicel, buscó entre su faja el puñal.

—El caballo que has visto en su puerta, dijo Abu-Yshac procurando distraer al príncipe, es mio, magnífico señor, y nada tienes que temer.

—Valientes caballeros, contestó el jóven, junto á vosotros desafío los ejércitos de Castilla y de Leon. Venid, pues; procuraré distraeros de manera que esteis dispuestos cuando el muecin suba al alminar para llamar á los fieles á la azalá de azzohbi.

Tras esto salió del aposento, y los tres walíes le siguieron mirándose recelosos.