El dueño de la casa cerró, conduciendo á sus visitantes á un reducido aposento, cuya miseria contrastaba enérgicamente con la belleza de las casas de Bibal-bolut.

Las paredes estaban cubiertas por altos armarios forrados de hierro, que habia enmohecido la humedad de un pavimento mal cubierto por una rota y manchada estera de palma; negras telas de araña festoneaban el techo sustentado por vigas corroidas, y una fuerte reja, que correspondia á un patio oscuro, y ante la cual habia una mugrienta mesa, se dejaba ver en la parte del aposento desprovista de armarios.

El mueblaje se reducia á un taburete forrado de grasienta baqueta. El príncipe fué á sentarse en él, pero le detuvo el dueño de la casa.

—Espera, le dijo este, el águila no debe manchar su régio plumaje en el nido del buho.

Tras esta observacion, el viejo abrió uno de los armarios, y sacó un rollo de tela que brilló deslumbrante, herida por la opaca luz de la lámpara, y cortó de ella un pedazo con el cual cubrió hasta el suelo el viejo taburete; despues tendió delante una piel; la tela era brocado de oro sembrado de rubíes; la piel de leopardo, cuya cabeza mostraba aún los ojos inyectados de sangre y los afilados y blancos dientes.

—Muy espléndido estás, Absalon, observó el príncipe: este es un trono.

—O un tajo, contestó sombriamente el judío.

—Sea lo que quiera; ¿pero no tendrás otros tres asientos para mis tres valientes compañeros?

Los tres walíes se habian detenido en la puerta, y á más de estar envueltos en la sombra, se habian cubierto la cabeza con los capuces de sus alquiceles.

—¿Acaso el siervo se sienta al par de su señor? dijo el judío contestando á la pregunta del príncipe: el perro ha nacido para arrastrarse á los piés de quien puede zurrarle con su azote.