Cuando el árabe se repuso de su caida y buscó á su salvador, Wahdah vió unos ojos hermosísimos de profunda mirada, en los cuales se retrataba una viva expresion de agradecimiento, que volvieron á inclinarse al encontrar los de Wahdah, como los del imprudente que se atreve á desafiar el resplandor del sol; un estremecimiento inmenso agitó el sér de la vírgen, y cuando pasados los primeros momentos de confusion su alma franca acogió ávida las protestas de agradecimiento del extranjero; cuando más adelante sentada junto á él en la misma roca que habia visto correr sus lágrimas sin objeto, le dejó leer en su alma de niña, el árabe se encargó de hacerla sentir que la sed de su corazon era de amor, y le ofreció el suyo.

Wahdah no le ocultó su posicion: se creia hija del walí de Cairvan; los ojos del extranjero se dilataron. Wahdah no supo dar valor á la sonrisa cruel que vagó un momento en los desdeñosos labios del árabe.

Tal vez era un caudillo rebelde vencido y desterrado por el walí, y se regocijó al entrever una ocasion de arrojar una mancha deshonrosa sobre la frente del noble anciano. Insinuante y astuto como Satanás, se apoderó del alma de la incauta Wahdah, y esta consintió en facilitarle los medios de entrar en el alcázar de su enemigo.

Horrible fué para la infortunada el resultado de su primera é involuntaria falta. Habia bebido el amor hasta las heces en la palabra y en las miradas del extranjero, y su muerte la enlutó el alma. Pero aún tenia que apurar la amargura de su destino. El severo walí la presentó entre las mujeres de su harem, como se presenta á una esclava culpable. Declaró que no era su hija, y la mandó azotar. Despues llamó á un mercader judío y la vendió como la habia comprado: á cambio de un caballo.

Wahdah salió, pues, del alcázar de Cairvan, donde habia sido señora por el amor del walí, para ser esclava de un judío, que expuso en su bazar desnuda ante la vista de más de un extranjero á la desdichada niña; pero no habiendo en Cairvan comprador bastante rico para satisfacer la codicia de Absalon, que se creia poseedor en Wahdah de un tesoro de hermosura; pasaron dias bastantes para que la soberbia africana diese tregua á sus lágrimas, y guardase en su corazon un odio inmenso á todo lo que no era la memoria del hombre á quien habia amado, y á cuya perfidia debia sus largos dias de amargura.

Entre tanto, el judío Absalon habia recorrido el Moghrebeb presentando su esclava en los bazares más concurridos; los compradores se multiplicaban; á cada mirada que se posaba sobre ella, cada vez que el rubor cubria su semblante, un nuevo y más terrible odio sustituia en su corazon á la sed de venganza que lo devoraba; y ¡cosa extraña! á medida que su odio crecia, era más dulce la expresion de su semblante, menos intenso el carmin que el rubor hacia subir á sus mejillas.

Habian pasado tres años y ningun comprador de esclavas habia poseido lo bastante para llenar los deseos del judío; cada mes que transcurria, aumentaba maravillosamente la hermosura de Wahdah, y Absalon añadia á su precio algunos millares de doblas.

La africana habia dejado de ser una niña casi salvaje; tañia la guzla primorosamente, cantaba como una alondra, y componia hermosos versos; sus labios purpúreos, estaban siempre embellecidos por una sonrisa tentadora, y sus ojos habian perdido lo bravío de su mirada, que se adormecia lanzando relámpagos de amor, entre el pelo de sus largas pestañas.

Wahdah era una hurí terrestre, segun la expresion del judío, y sólo un rey, y un rey poderoso, podia aspirar á la posesion de la hermosísima esclava.

VII.